PREGUNTAS DE UN TRANSEUNTE
Por Javier Zeballos
Publicado en el Semanario Voces el jueves 25 de junio de 2009
En plena campaña electoral, me venía desempeñando en un comando unipersonal encargado de recorrer todos los días, una y otra vez, la Avenida 18 de Julio de una punta a la otra aceptando todas las listas de los candidatos de la oposición para, no digamos tirarlas a la marchanta, sino dejarlas caer al piso como quien no quiere la cosa. Ver una lista tirada, pensaba yo luego de profundas cavilaciones semióticas, es la peor imagen institucional para el marketing político de un sector, un partido y, de rebote, para el candidato en cuestión. Eso sin contar la incidencia en el derroche financiero que implica la imprescindible impresión de listas. Así venía cumpliendo mi tarea revolucionaria de todos los días hasta que me avivé que los uruguayos andamos cabizbajos, mucho más con los fríos del invierno. Fue entonces cuando paré en seco y reflexioné en voz alta: ¿por qué carajo colgamos alto los carteles de la propaganda?
Semejante contradicción me llevó a modificar radicalmente mi tarea militante. Por decisión unánime de la Asamblea General Extraordinaria del comando unipersonal que integro, ahora me dedico a levantar todas las listas opositoras que encuentre en el piso a fin de impedir su primacía visual en las calles de la ciudad impactando en la retina de los ciudadanos y dejando un rastro indeleble en la memoria, matrizando vaya a saber qué procesos cognitivos subliminales.
En esa tarea revolucionaria, si las hay, ya en el cierre de campaña y ante la proximidad de la veda (que si le prohíben caminar por la calle al Pepe, lo que me harían a mí) fue que salí a recorrer más áreas de la ciudad y me percaté de otras contradicciones del nomenclator montevideano que paso a enumerar.
¿Por qué le cambian los nombres a las calles si las seguimos nombrando por su antigua denominación? Basta escuchar a esos transeúntes que aún inquieren por la calle Médanos, y uno, despistado aunque este parado junto al monumento a El Gaucho, los termina mandando para algún balneario de la Costa de Oro. O los que todavía insisten en llamar Sierra a Fernández Crespo, que son muchos y no solo la vieja guardia que sigue yendo a la sede central del PCU.
Otras de las paradojas en las calles de Montevideo tienen que ver con cruces que, a fuerza de olvidos, se imponen como normales cuando en lo simbólico no son poca cosa. Así, la Avenida Sarmiento, puente y “leyenda negra” mediante, es la única que le pasa por arriba al Boulevard Gral. Artigas. Lo político partidario también se inmiscuye y no deja de ser curioso que Luís Alberto de Herrera y José Batlle y Ordóñez sean dos de las más largas avenidas que atraviesan la ciudad sin cruzarse, todo un modelo de coalición. Pero en ello también hay paradojas pues precisamente en Piedras Blancas la mayoría de las calles llevan nombres colorados. Claro que los nombres de las calles no pueden quedar en manos de los puristas que pretenden que la Avenida Aparicio Saravia nazca en Cerro Largo y muera en la calle Masoller.
Para el que crea que esto es solo un juego de palabras basta recordar que en épocas del gobierno militar, a la Dictadura, alguna gente la llamaba Arenal Grande, porque en ella morían República, Constitución, Justicia y Democracia. Pero el colmo del militarismo en la nomenclatura montevideana no solo se expresa en la glorificación de batallas, coroneles y generales a diestra y siniestra, incluso hasta las callecitas sin nombre se las denomina Oficial 1, Oficial 2 u Oficial 3.
Quedan en el recuerdo la imposición burocrática militar de nombrar como Coronel Lorenzo Latorre a la calle que casi todos seguíamos llamando Convención, o la vez en que un grupo de personas cambió por la noche el nombre de la Avenida Rivera por el de Salsipuedes, en recuerdo de la masacre de los Charrúas en las márgenes de aquel arroyo de nombre tan elocuente. Más allá de la justa reparación histórica, hay que reconocer que Salsipuedes debería figurar en algún callejón sin salida y, además, flechado.
La historia de los cambios en los nombres de las calles, como no podía ser de otra manera, está plagada de marchas y contramarchas pero sería bueno poner freno a tanta poda de bellísimos nombres indígenas o recuperar su significado. Por ejemplo, la callé Batoví alude a un pequeño cerro situado en Tacuarembo al borde de la ruta 5. En la ignorancia sobre la toponimia nacional, se pierde el significado de esa poética palabra guaraní. Batoví quiere decir “pezón de india joven” y todo el que mire el cerro desde la ruta admitirá la capacidad erótica los charrúas para nombrar acertadamente las cosas.

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.
