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1 Junio 2009

¿PUEDE HABER-MÁS PARTICIPACIÓN?

Por Javier Zeballos
Publicado en el Semanario Voces el jueves 11 de junio de 2009

“Las instituciones de la libertad constitucional
no son más valiosas que lo que la ciudadanía
haga con ellas”.
Habermas

La derecha se desespera por introducir dos o tres “ideas fuerza” que dejan muy claro la poca fuerza de algunas de sus ideas. Pero cuidado, porque no implica que no tengan ideas ni fuerza. Algunos levantan el fantasma del populismo, otros agitan la sábana del voluntarismo como el peor de los males de un segundo gobierno de izquierda, sin avisparse de que la misma táctica le ha dado pésimos resultados electorales en el continente.

 Una pregunta inevitable es si los uruguayos debemos aprender de aciertos y errores de experiencias ajenas. Alejada cualquier soberbia negadora, otra pregunta es si acaso alguna sociedad avanzó solo por la vía de la sensatez de las reformas impuestas por el buen hacer de los procesos gubernamentales o por el exclusivo papel de la pasión combativa de su vanguardia dirigente apelando a la emulación constante. Esa antinomia es falsa, tanto como falsas son tales vías vistas como único instrumento y motor de los cambios. La experiencia indica que no pueden existir una sin la otra. Y no solo la experiencia de otros sino la nuestra en el gobierno. Mucho más cuando no solo implica mover la estructura estatal sino a toda la sociedad en su conjunto.

 Pero eternos analistas de todo tipo, marca, pelo y señal giran entorno al peligro del voluntarismo sin entrever que tal vez uno de los peores voluntarismos es pretender hacer todo según lo marca el manual, la norma y la costumbre y el protocolo. Los perfectos y más bellos planes sucumbieron atrapados en la inercia burocrática. Algo que no solo frenó el impulso de gobiernos conservadores y reformistas sino que llegó a empantanar procesos revolucionarios. Si la voluntad de quienes pregonan los cambios sigue andando, entonces ensayan la contraposición entre el deseo de cambiar etiquetado rápidamente de voluntarismo en oposición a las imprescindibles políticas sistemáticas para su ejecución. Si eso falla, se asustará con la violación a las instituciones y su manejo sabio y prudente, al parecer predestinado solo a algunos. Así están las cosas. 

 Hubo momentos en que el concepto de ciudadanía parecía haber pasado de moda y otros en que volvía a estar en el calderero. Semejantes idas y vueltas ponen de relieve el corto alcance de miradas lineales sobre la participación ciudadana y revalorizan un modelo de “flujo y reflujo”, tal como lo planteó Derek Heater en 1990 en contra de un análisis dominado por un esquema lineal en lo referido a la expansión y conquista de derechos civiles, políticos y sociales de los ciudadanos.

 Esta noción de flujo y reflujo en los niveles de participación implica una pregunta pautada por la lúcida afirmación de Habermas frente a la observación de las carencias de virtudes ciudadanas en la participación de las democracias: “Las instituciones de la libertad constitucional no son más valiosas que lo que la ciudadanía haga con ellas”. Una observación que pone en evidencia hasta que punto fueron desatendidas ante el excesivo énfasis puesto en estructuras e instituciones y su manejo tecnocrático. Otra pregunta es: ¿Se puede medir la participación ciudadana solo en relación a hechos históricos como la resistencia a las dictaduras y la recuperación democrática o debemos adentrarnos en los períodos “normales” del ejercicio del sistema democrático para auscultar las múltiples causas que inciden en la participación, sus altibajos, degradación o su ausencia?

 En la actualidad uruguaya asistimos a una explosión de los llamados a la participación electoral opacando posibilidades relativas de diferentes esferas del quehacer ciudadano en torno al Estado, por ejemplo, a nivel de la descentralización municipal, que ponen el acento en lo local, al punto que se ha ido acuñando la palabra “glocal” para intentar sintetizar esa importancia en medio de la globalización. También en lo referente a múltiples iniciativas de la Sociedad Civil ocupando actividades antes centralizadas por el Estado. Sin embargo, las estructuras partidarias conservan dinámicas orgánicas que suelen fagocitar esa participación tan reclamada, a menudo solo proclamada, tal vez como un ejercicio de autoglorificación y reafirmación de la centralidad política de los partidos  en la regulación de la relación entre Ciudadanía y Estado. Una centralidad nada desdeñable, a juzgar por nuestra historia, pero poco confiable como único canal de expresión. 

 La pretensión de excesiva centralidad de los partidos ya no solo es funcional a la derecha, incluida cierta “nueva” derecha bastante vieja que habrá que ver cómo se comporta, sino también a una izquierda en el gobierno enredada con la gestión de un Estado obsoleto producto de otra época, y con dificultades para observar y entender la diversidad de reivindicaciones de sectores y grupos sociales y los ritmos y énfasis que reclaman para alcanzar sus objetivos. Esa es una de las causas fundamentales para que el gobierno, esa nueva vanguardia dirigente que no pudo, no supo, y a veces no quiso, escapar de una  autolegitimación al uso de discursos dominantes tradicionales y su manejo simbólico (más allá de lo bien que ha hecho muchas cosas) se tragara a la fuerza política en éstos cinco años. A veces con la excusa simplista de oponer tiempos de gobierno a tiempos de análisis, elaboración, discusión y propuesta de la orgánica pero, sobre todo, por no apelar a otras formas de participación popular generando un escenario bastante estático en el que unos dirigen y hacen y otros miran hacer y donde los sujetos son objetos del cambio.De ahí a creer que "el cambio soy yo" metamorfoseando aquella frase de un rey de Francia que creía que el Estado empezaba y terminaba en él. 

Semejante desfasaje es uno de los desafíos para un nuevo gobierno frenteamplista. La imprescindible construcción constante de la izquierda,  también de la participación ciudadana, lo exige. Lo otro es dormirse en los laureles. Aunque ganemos. Porque el desafío no puede ser solo mantenerse en el gobierno, con lo importante que es, aunque más no fuera por impedir el regreso de unos partidos tradicionales obsesionados con la restauración de sus prácticas políticas en la supervivencia de la teta del Estado. El Partido Colorado encarna dramáticamente tal dilema pero en los blancos no es menor. Tal vez sea una de las explicaciones de su dependencia del aparato herrerista que ha podido entronizar nuevamente a su líder apelando a tales fortalezas económicas, traducidas en orgánicas cuando parecía moribundo, e ideológicas cuando precisamente su visión neoliberal se acaba de derrumbar en el mundo. Auque sería bueno recordar que la política uruguaya no es la primera vez que parece ir a contramano. Remember 1989.

 El FA tiene el desafío de apostar a la participación aportando viejas y nuevas formas de hacer política no solo en el período electoral. La mayoría de su electorado sintoniza con esa idea pero algunos se desviven por etiquetarlos como seres subnormales que lo esperan todo del líder. Y la derecha le teme, como a casi nada, a semejante participación. Pero para algunos compañeros, apelar a la construcción de esas fuerzas latentes, apostar al entusiasmo, la creatividad y la capacidad de inventar (lo que no se opone a construir colectivamente políticas eficientes que lo implementen de manera sustentable) es caer en la improvisación y todo lo que salga de SU lógica y del discurso establecido en SU continuidad sea estigmatizado como un mero voluntarismo. Tal vez eso ayude a entender algunos problemas de ese discurso correcto con el imaginario de izquierda que, sin embargo… si muove.

 

 

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Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas. Licencia de Creative Commons
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