CAMPO Y POBLACIÓN
* Texto publicado en el Semanario Voces el 30 de abril de 2009.

Proponer ideas es estar expuesto a la crítica. Fomentar el espíritu crítico es aportar a una sociedad sana capaz de ampliar sus horizontes, pero caer en la reducción de ideas es no querer ver más allá de los propios ojos.
Chanás, yaros, bohanes, guenoas, minuanes, arachanes y charrúas son nombres conocidos en manuales escolares. Después aprendimos que aquella representación que los definía con dos párrafos, y donde no eran mucho más que pómulos salientes y emisores de extraños sonidos guturales, no era inocente. Una mirada reductora a caballo del colonialismo antropológico. Hoy tengo dudas de si aquel recuento omitió a los jíbaros (nombre dado por los conquistadores a la tribu Shuar) que tal vez no habitaban la espesura amazónica y acechaban en nuestros montes autóctonos.
Sospecho que no hay hallazgos arquelógicos de reducciones de cabezas por estos lares pero sí muchos reducidores de ideas. Basta ver Búsqueda y El País o haber escuchado la tertulia de El espectador con Esteban Valenti y el Dr. Mercader haciendo su puesta en escena a duo sobre la alusión a los Kung San o despachándo sus críticas a la posibilidad de atraer inmigrantes a nuestro campo, como si la idea de Pepe fuera que todos seamos bosquimanos o que hay que importar indios latinoamericanos.
A Mujica se le puede criticar de todo pero, curiosamente, muchos que teorizan sobre su tendencia a la metáfora o al refrán caen en una hipertrofia de literalidad con sus palabras. Los mismos que se quejan del simplismo en los mensajes electorales reducen toda enunciación de complejidad para aferrarse a tal o cual frase y así ejecutar su implacable y conveniente rigor crítico. En esta campaña Mujica propuso un tema interesante, el de la población en el campo. Resta saber si somos capaces de tratar ideas y elaborar políticas o algunos se dedicarán reducir pensamientos y, de paso, intentar cortar cabezas con o sin cuero cabelludo.
Nadie puede negar la importancia del desarrollo productivo incorporando conocimiento. No solo tiene que ver con un mayor valor agregado en la industria sino también en el campo a través de toda la cadena agroindustrial. Quien quiera desarrollar el agro con los insumos teóricos y materiales del siglo XX está atrasado, pero quien pretenda hacerlo creyendo que el conocimiento solo viene de las nuevas tecnologías en manos de las grandes transnacionales puede quedar entrampado en sus lógicas e intereses. Conocimiento también es el conjunto de saberes acumulados por quienes trabajan la tierra.
Para un país como Uruguay, en el que se dan las tendencias mundiales en su demografía, el desafío de mantener y afincar población en el área rural pasa por la integración de un sistema de políticas demográficas y no por decisiones aisladas. Cuando se plantea la posibilidad de atraer inmigrantes, y se menciona el ejemplo de campesinos de otros países latinoamericanos, no se pretende importar personas a granel o arriar gente para sustituir o quitar trabajo a nuestros compatriotas, por cierto, un argumento esgrimido que tristemente roza la xenofobia. Porque no se trata de sustituir sino de atraer e integrar en un país que bien puede generar la necesidad de trabajadores, lo que ya sucede en algunas profesiones donde no alcanza la mano de obra especializada. Algo impensado apenas pocos años atrás antes del gobierno del Frente Amplio.
El campo uruguayo necesita incorporar conocimiento pero también gente dispuesta al trabajo duro de la tierra. Para ello tenemos tomar muy en cuenta la importancia, también los costos, de las políticas sociales que estemos dispuestos a asumir para aprovechar los beneficios de ellas. Uruguay ha sido un país urbanizado pero profundamente vinculado a la actividad agropecuaria. La sociedad uruguaya debe determinar qué volumen de población deseamos mantener en el campo, por qué y para qué. Tiene una gran importancia productiva, pero también tiene una importancia cultural. A su vez, no se puede realizar al margen de las condiciones de vida y de los derechos de las personas que trabajan y viven en el campo. Un campo que no debe ser un sector aislado sino capaz de integrar a la vida cotidiana parte de la revolución de las comunicaciones y el manejo de tecnologías alternativas de energía que impactan sobre el nivel de vida así como aportan a una economía con desarrollo sustentable, al igual que vincularse profundamente con la investigación académica impulsada capaz de adaptar experiencias internacionales pensadas con cabeza nacional.
Porque el desafío no pasa solo por tener gente trabajando la tierra sino generar condiciones de vida dignas que, a la vez que recuperan la relación con la naturaleza y sus ciclos, aportan una dieta diversificada para nuestra población, crean condiciones para exportar productos de alta calidad que nos permiten diversificar mercados y penetrar en los de alto poder adquisitivo e interactúan culturalmente venciendo viejos desequilibrios entre el campo y la ciudad. No se puede pensar en el desarrollo agrícola ni ganadero con ciudadanos de segunda y condiciones de vida mantenidas en el atraso secular. Por otra parte, si creemos firmemente en las posibilidades de desarrollo de nuestro país, entonces es factible que tal éxito sea un polo de atracción para poblaciones de la región e incluso de otras partes del mundo. Aunque no lo busquemos, se puede dar como se han dado migraciones constantes. Nuestro país ya supo ser un crisol de razas y culturas. Las grandes ciudades de la región, que poco y nada ofrecen, son un imán, solo que formando cinturones de miseria en sus periferias y generando mayores asimetrías. Mucho más atracción se dará si tenemos éxito en el mejoramiento del país y en construir una sociedad mejor.
No pasa por imponer medidas aisladas ni apresuradas sino tomar en cuenta la opinión de los demógrafos que ya le han aportado innovadores estudios a nuestro gobierno para el diseño de políticas públicas referidas a la población. Se trata entonces de escuchar, estudiar, debatir y tomar decisiones pensando no en el país del corto plazo, tantas veces el único horizonte de los políticos, sino en el mediano y en el largo plazo vislumbrando el país que queremos. Lo que parece y ha sido criticado como un planteo sin sentido, es una propuesta pensada que se basa en criterios técnicos que lamentablemente muchos ignoran y no toman en cuenta cuando han sido presentados en diferentes áreas y proyectos del Estado por nuestro gobierno y son parte de la matriz de políticas públicas que se han ido elaborando y que, como fuerza política, debemos atesorar, desarrollar e impulsar.
Tenemos el desafío duro, pero hermoso y esperanzador, de construir un país mejor en el que los beneficios del desarrollo alcancen a todos los sectores sociales, a todas las personas. Mucho de ello depende de nuestras capacidades productivas y de la innovación tecnológica, de la educación y la capacitación, pero nada se podrá realizar sin la participación y el trabajo de la gente. Pensar un Uruguay mejor es también imaginarlo y construirlo con una población cosmopolita. Oponer la antinomia entre uruguayos e inmigrantes es un recurso simplista que no solo desestima los mejores aportes científicos elaborados, implica negar visiones humanísticas que siempre defendimos pero, sobre todo, significa negar nuestras posibilidades de crecimiento y desarrollo para dejar de ser un país expulsor de gente. Más que una utopía destinada a un futuro imposible, es una idea presente profundamente vinculada con nuestra mejor historia.

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.

mery dijo
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24 Mayo 2009 | 11:02 PM