TEMA: LA VACA
Crónica de la campaña electoral uruguaya
Por Javier Zeballos
Publicado en el Semanario Voces el 2 de abril de 2009

La ruta serpea sobre la penillanura suavemente ondulada. Los campos recuperan con las últimas lluvias la infinita gama de los verdes. Seguíamos a una delegación que marchaba a un acto tierra adentro y paró un momento para estirar las piernas (un eufemismo para evacuar otro gesto bastante más prosaico). Bajamos de los autos a la vera del camino.
Tras el alambrado, una vaca Holando rumiaba su dosis de pastura y nos miró con ese gesto cansino tan característico. Un vaqueano a caballo andaba cerca y se arrimó despacio a vichar quiénes eran. Cuando llegó, se pegó al alambrado y extendió la mano al candidato. Fue un gesto simple y sin aspavientos, con esa misma serenidad que mostraba el animal que nos seguía observando. La charla se instaló y el hombre, uno de esos pobladores de nuestra campaña que seguramente en los folletos turísticos figura como “gaucho típico” entabló un diálogo inmediato. Yo los miraba admirando ese click instantáneo de comunicación que no obedece a los cánones de los usos y costumbres del marketing electoral ni del gesto de los políticos profesionales aunque lo sea.
En determinados lugares y círculos, la buena presencia, la impostación y un léxico adecuado abren puertas y contactos imprescindibles, no solo para ascender sino siquiera para codearse. En otros, en cambio, aún la mejor imitación más verosímil, si no hay esa credibilidad que no se compra en ningún lado, no hay química y no hay caso. Como bien dicen del amor. Y es que la política también es un acto de seducción. Chocolate por la noticia dirán algunos. Las maneras de seducir cambian, la autenticidad no.
El tema derivó hacia la situación de la lechería y los dos hombres hablaban como si se conocieran de toda la vida aunque nunca se habían encontrado. Aunque lo había, no había alambrado entre ambos. Yo, puesto a oficiar de cronista privilegiado, escuchaba y los miraba algo fascinado, lo confieso. Toda mi familia es del campo pero nací en Montevideo. Sin embargo, todos los veranos volvía al pueblito de mis antepasados. No me sale pero me conozco de memoria esos gestos, los tonos y la pronunciación de la gente de campo y juro que no podía diferenciarlos. Hice el ejercicio mental de salirme de la escena pero, si no lo conociera y tuviera que optar, me sería difícil decir quién era quién y cuál era cuál. Como no tengo esa paciencia de las vacas, metí la cuchara y en un momento se me ocurrió decir: “Pensar que en la India, con el hambre que hay, las vacas son sagradas y no las comen”.
Yo nunca estuve en la India, aclaro. Digamos que mis palabras fueron un fiel representante de nuestra clase media con algún roce intelectual que a veces repite acríticamente esa visión sobre el oriente que la Europa etnocentrista recicló cuando salió de su ombliguismo y elaboró el catálogo de exotismos para explicarnos el mundo. Y de paso armarlo a su manera. Si a eso le agregamos esa mirada del turismo antropológico salpicado con una pizca de new age, la superioridad occidental acostumbrada al mirar de reojo o por arriba del hombro se hace patente en la mentada estupidez de los pobres muertos de hambre que son capaces de respetar un tabú de andá a saber cuándo.
El hombre de campo, el otro, no el candidato, me miró y asintió diciendo que algo de eso había escuchado. El hombre de campo, el otro, el candidato, me miró con esa sonrisa pícara y ese brillo en los ojos y nos contó, a los que allí estábamos en rueda, una de esas historias que provocan asombro. Por lo menos fue lo que sentí, aunque me atrevo a decir que todos. Contó que ese tabú aparentemente irracional producto de algo místico y mítico, tal vez tenga un origen mucho más vinculado a la realidad que a la fantasía, más cercano a las condiciones materiales concretas de la vida antes que a la abstracción religiosa de la que el saber moderno y urbano (eso fue para mí porque me volvió a mirar con picardía) a veces subestima.
Primero, dijo con énfasis y haciendo el gesto con el dedo en alza, no es cierto que a las vacas no las comen. No comen a las vacas vivas. Pero a las que se mueren se las morfan sin tabúes. ¿Ta? Es más, y aquí se tentó con esa rísa típica, a las que se están por morir ya no las curan, para que se mueran rápido y comerlas. Pero a las otras las cuidan como princesas. Pero no falta ese turista que pasa y comenta lo giles que son los pobres con tanta carne sagrada sin carnear.
Ahí agarró viento en la camiseta. Porque resulta que aquel tabú originario tiene una dosis de sabiduría milenaria que no todos entienden mirando desde fuera, aunque hagan turismo étnico por las grandes urbes de un país que es casi un continente. Algo que también les pasa a muchos que miran el mundo por el ojo de la cerradura de las pampas que habitamos, al menos desde Hernandarias para adelante, impregnados de ese aroma del asadito ancestral que nos hace agua la boca pero también nos nubla un poco la mente.
Aquí pido que se imaginen el tono y los gestos. ¿Por qué no se comen la carne de las vacas los indios? nos preguntaba. Los indios y no los hindúes, como confunden muchos, que son solo los que profesan el hinduismo (esto lo pensé yo en el momento porque lo aprendí en un documental del History Channel).
¿Por qué no comen esa carne? ¿eh? insistió el candidato. Porque resulta que en su modestas condiciones de vida, su dieta está basada en la combinación de granos y otras yerbas, con lo que les da la vaca. Pero no la matan para comerse la carne, sino que las mantienen para que les dé, de a poquito, esa dósis imprescindible de proteina a través de la leche. Una decisión sabia antes que un tabú. Y por eso tienen el stock más grande de vacas lecheras del mundo que alimenta a cientos de millones de personas. Y no estoy elogiando la pobreza ni ningún atraso secular de nada.¿Ta?
Estoy aprendiendo de una sabiduría humana capaz, en condiciones muy difíciles, antes y ahora para muchos, de encontrar complejos equilibrios dentro de los desequilibrios de un mundo injusto y desigual. Incluso más, tal vez ese tabú que parece a simple vista tan retrógrado, cuando no tonto para algunos, antes que pasividad y resignación o refugio místico, sea probablemente una estrategia de supervivencia y transformación de una realidad dura y dolorosa que golpea los ojos.
Después, más tarde, me tiró al pasar una referencia culta que me encargué de seguir. Estaba hablando de aquel aporte del antropólogo Marvin Harris que en 1975 publicó un libró removedor: “Vacas, cerdos, guerras y brujas” donde decía cosas como:
“...no estoy de acuerdo en que los tabúes que prohiben sacrificar y comer la carne de vaca tengan necesariamente un efecto adverso en la supervivencia y bienestar del hombre. Lo que afirmo es que el amor a las vacas es un elemento activo en un orden material y cultural complejo y bien articulado. El amor a las vacas activa la capacidad latente de los seres humanos para mantenerse en un ecosistema con bajo consumo de energía, en el que hay poco margen para el despilfarro o la indolencia. El amor a las vacas contribuye a la resistencia adaptativa de la población humana conservando temporalmente a los animales secos o estériles, pero todavía útiles, desalentando el desarrollo de una industria cárnica costosa desde un punto de vista energético”.
La charla siguió con datos del rendimiento lechero en nuestro país y otras cuestiones, entre aquellos dos hombres de campo. Los demás nos miramos cómplices de haber aprendido algo con esa felicidad simple con la que alguna vez volvíamos de la escuela. La charla terminó con un medio abrazo en el hombro por encima del alambrado. No hubo alusiones sectoriales, ni siquiera sobrevoló el pedido del voto. Sospecho que no hacía falta. Uno de los hombres de campo volvió a su caballo y se fue al tranco. El otro se subió al auto y todos seguimos viaje. La vaca nos seguía mirando. Al irnos juré que en mis crónicas, tan deudoras aun de aquellas mis torpes redacciones escolares, extirparía para siempre el adjetivo inmutable para designar el comportamiento de esas vacas que nos miran pasar y que ahora yo las miro mutando como verdaderas fábricas con patas. Sospecho que no tengo que nombrarle al candidato. ¿Ta?

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.
