YO... ARGENTINO
Estas palabras fueron una metáfora usada hasta el cansancio, por propios y ajenos, y sintetizó por mucho tiempo, no solo la forma en que los argentinos eran percibidos a nivel internacional, sino lo que muchos argentinos pregonaban. El lugar común la encasillaba como definición de una suerte de “yo paso” en el sentido de pasota o pasotismo, algo que podía y puede sintetizar a mucha gente de muchos lugares.
La idiosincracia de cierto argentino, más bien de cierto porteño bastante insufrible pero nada representativo, ni antes ni ahora, ni siquiera de la porteñes, la convirtió en una síntesis de ese mirar para otro lado, tanto hacia dentro de su país como hacia fuera. Lo mismo es válido para ciertos uruguayos o de cualquier otro país, insisto. Claro que mucho ha cambiado la sociedad argentina en los últimos años y nada es lo mimo nunca.
Pero el uso que quiero hacer de éstas palabras no va en ese sentido original sino, jugando con la ambiguedad, también darle otro muy distinto. Nuestra extraña relación de amor-odio a través de los laberintos in/comunicantes de la aldea con la gran ciudad, que tiene mucho que ver con el vínculo entre Montevideo y Buenos Aires, los desfasajes idealizadores en una y otra vía, como puede ser la fascinación algo superficial con el lado más fashion del vértigo bonaerense, visto por ciertos montevideanos incapaces de adentrarse en la riqueza profunda de la vida de una ciudad heterogénea que es mucho más que sus postales turísticas, están a tono con cierta idealización a la inversa, que ve a Montevideo como un remanso y a sus habitantes anclados en un nivel cultural que tal vez corresponda a otras épocas.
Si uno pretende creer que todos los argentinos son como los que van a Punta del Este, se estará ante una monumental confusión, tanta como encasillar a todos los uruguayos en el comportamiento de algunos, que también los hubo, los hay y los habrá, como en todos lados, la única diferencia, tal vez, sea que que un uruguayo de tales características, seguro que igual se nota menos. Pero que los hay, los hay y por mucho tiempo la sociedad uruguaya estuvo dominada por los que miraban para otro lado y pretendían negar la realidad viendo todo color de rosa.
Mi relación con Buenos Aires ha sido fugaz. He estado varias veces pero nunca más de dos días y, a menudo, de paso. La primera vez, cuando tenía 16 años y me fui solo con el boom de los uruguayos que cruzaban a comprar ropa más barata y de mejor calidad, allá por el 81. Crucé en el Ferry desde Colonia y estuve un fin de semana. La madrugada del sábado al domingo la pasé durmiendo en un banco de la Plaza San Martín para ahorrarme el hotel y hacer rendir la poca plata que llevaba para comprarme unas buena zapatillas, como dicen los argentinos, de basket que en Uruguay no encontraba o eran mucho más caras. Jugaba en las inferiores de Atenas, un equipo de Primera División. Recuerdo que me compré un equipo deportivo, un bolso y unos muy muy buenos championes, que es como popularmente le decimos los uruguayos a los zapatos deportivos, jugando con un sincretismo curioso del nombre de la marca Champion.
En la aduana, al regreso, todavía puedo rememorar la cara del funcionario que me miraba asombrado, pues yo solo traía unas pocas cosas en el bolso, y era la ropa usada con que había viajado, ya que el pantalón y la campera y los championes me los llevababa puestos. A diferencia del resto de la gente que volvía con mucha cosa, incluso para revender, por lo que exedían lo permitido, al punto que muchos, como sucedía en otros momentos en la frontera con Brasil, hacían el cruce de la aduana con valijas repletas y hasta con dos o tres pantalones encima, como también con buzos y camperas y era algo muy cómico verlos caminar. Yo debo tener el record de hacer el viaje y traer tan poca cosa. Igualmente recuerdo que gasté la mitad de lo que me costaba algo más o menos similar en Montevideo y que aquellos championes de cuero, estilo NBA, me duraron años.
Otras veces estuve de paso, también por una noche, camino de otros países, y alguna vez fui por el día por mi trabajo en cine. Siempre tuve la sensación de que Buenos Aires me apabullaba. Verla desde el aire con ese bosque inmenso de edificios o sumergirme en el vértigo de sus grandes avenidas, me producía una sensación extraña, algo que me repelía y, a la vez, me atrapaba. Una atracción latente que me hacía intuir que a poco de adentrarme en sus rincones, me enamoraría de esa ciudad y de su gente.
A través de su cine, su literatura, el teatro, o las artes plásticas, o por mi trabajo, tener que estar leyendo la prensa argentina, he ido conociendo un poco más de todo el país, que es mucho más que la macrocefalía de Buenos Aires. También a través de mis amigas y amigos, hay veces que me descubro diciéndo Córdoba o Trenque Lauquen con la misma cercanía que puedo pronunciar Tacuarembó, Paysandú o Melo. Todo este sentimentalismo, nada repentino, de ésta cercanía, curiosamente producida a partir de vivir éstos últimos años en Australia, viene en realidad a cuento de que en éste mundial que acaba de comenzar hace unas pocas horas, y a falta del equipo uruguayo, pero no solo por ello, va lo del título: Yo... argentino.
No solo porque sea uno de los mejores equipos y de los favoritos para pelear el título. Desde muy niño miraba religiosamente los domingos a la noche, muy tarde en canal 10, la emisión del tape de un partido del futbol argentino, en la época gloriosa de San Lorenzo o del Huracán del 73 que dirigía Menoti, de los líos que armaba Estudiantes de la Plata en la copa Libertadores o del juego sensacional de los rojos de avellaneda del Independiente rey de copas. Ni que hablar de lo que era un Boca-River, aunque lo viera por televisión y en blanco y negro.
Creo que los equipos históricos que tienen más títulos a nivel mundial, entre muchas otros factores que incidieron para que llegaran a esa posición de privilegio, y estoy hablando de Alemania, Italia, Brasil Argentina y Uruguay, lo fue porque lograron tener una identidad futbolística que se expresaba a través de los vaivenes del tiempo. Y en los últimos veinte años, donde todo se ha emparejado, creo que solo Brasil y Argentina han seguido consolidando el estilo que los define.
Me gusta mucho la identidad futbolística que ha construido la selección argentina con sus éxitos y sus fracasos, que ni por asomo, aunque he gritado sus goles y he llorado sus derrotas, no se me ocurre pretender vivirlas como si fuera uno de ellos.
Así fue como en la madrugada del domingo y solo durmiendo tres horas después de ver a Paraguay caer con Inglaterra, me levanté a las cinco en punto para ver con cara de dormido el partido de argentina y sentir que lo mismo estaba haciendo todo un país y tantos amigos y compañeros que he tenido la suerte de conocer aquí, aunque con algunos nos saquemos chispas, en serio y en broma, cuando nos cruzamos adentro de una cancha en la que pretendemos seguir corriendo tras la pelota con esa pasión aprendida en ambos lados del Río de la Plata.
Claro que también deseo que la selección australiana llegue los más lejos posible, pero no me es demasiado fácil identificarme. Por lo tanto, aunque muchas cosas nos separen, muchas, muchísimas, incluso hasta demasiadas, nos unen. Y aunque ahora estemos en conflicto, yo soy hincha de Argentina. En Alemanía, aclaro, porque en Holanda, y disculpen la impertinencia, más concretamente en La Haya, creo que les ganamos por goleada.
No creo que debamos caer en la tontería de ver el conflicto papelero como un match ni mucho menos, solo espero que desde una posición contundente de lo que intuyo será la pronunciación a favor de la postura uruguaya en el tema, sobre todo tomando en cuenta las presentaciones de ambas delegaciones expuestas la semana pasada en la Corte Internacional, no caigamos en una actitud triunfalista ni homologadora de creer que tenemos la razón en todo o incluso la verdad. Por el contrario, deseo que se den los espacios reales de negociación que hasta ahora no se han sabido construir, sabiendo que eso no depende solo del rol de tales o cuales presidentes, ni de tales o cuales partidos o gobiernos, sino de un movimiento de la sociedad toda, con sus contradicciones.
Hacer política, en el sentido más profundo del concepto, ese tan fácil de criticar, implica transformar la realidad, mucho o poco, eso se verá, ese sigue siendo el desafío y, en lo posible, sin caer en el falso pragmatismo de vanagloriar lo que hace como quien grita un gol.

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.

Antonio dijo
Muchos argentinos, residentes aquí en España, no dejan de tener ese aire insufrible de infabilidad en todo lo que hacen y pronuncian. Creo que este corte de gente no es la más caracteristica ni abundantes en esas tierras, estoy seguro. Saludos
11 Junio 2006 | 08:56 PM