La palabra mito proviene del griego Mithos, que quiere decir hablar, contar, decir. El sentido común con que suele enterdérsela hoy día, muchas veces pierde ese origen etimológico y a los mitos se los equipara con la la fábula o la leyenda. Sucede que un mito puede incluirlas, pero tal asociación literal es, curiosamente, falsa. Pues los mitos muy bien pueden ser falsos, es decir, que no hayan ocurrido en la realidad, ya sea total o parcialmente, y sean una construcción, real en tanto relato, pero que refiere a hechos jamás sucedidos.

No siempre es así y la equiparación a un mismo nivel de mito y falsedad es un error. Hay mitos basados en personajes y hechos reales aunque el proceso que los transforma en mito no necesariamente es fiel a tal realidad. Pero la realidad, no ya en los hechos sucedidos sino en como fueron vistos y contados, también es una construcción, curiosamente, generadora de no pocos mitos, aunque no hable de ellos y formalmente sean expuestos de muy diferente manera. El mito se separa de la categoría de verdad y opera como creencia aunque algunos intenten lo contrario pero no puede ser encasillado en la simple mentira.

Otro aspecto que suele perderse por el camino en ese rico proceso de transformación es el contexto histórico concreto en el que se originó el mito, incluso, el que influyó en tal o cual medida en algún punto de su itinerario como narración, a menudo contada oralmente de generación en generación hasta que un escriba lograba darle forma escrita. Conocemos los mitos así. Por ejemplo, el Mito de Edipo, a través de la tragedia griega que lo expresó teatralmente en la creación de Sófocles, Edipo Rey.

El mito de Icaro es una de las narraciones de la mitología griega sobre la que operan algunas de estas cuestiones y, a mi juicio, lo llevan a una deformación peligrosa por las conclusiones o moralejas que algunos pretenden exponer. Muchos repiten que Icaro fue castigado por los dioses por no hacer caso de las indicaciones de su padre, que le recomendó no acercarse al sol, ya que derretiría sus alas y lo haría caer, pero esto es una grosera simplificación.

Conocemos el mito de Icaro a través del relato que escribió el poeta latino Ovidio. Dédalo fue un famoso arquitecto, inventor y escultor, muy respetado en su ciudad natal de Atenas. Pese a su enorme prestigio, Dédalo comenzó a sentir celos de su sobrino y aprendiz, Talus, a quien muchos empezaron a ver como su sucesor. Dédalo intento matarlo tirándolo desde lo alto de la ciudadela sagrada de Minerva. Pero la diosa Palas Atenea transformó al muchacho en pájaro cubriéndolo de plumas mientras caía. Según el relato, la intervención de la diosa rescató al muchacho convirtiéndolo en pájaro. Lo rescató espiritualmente, porque su cuerpo se estrelló contra el piso. Dédalo intentó esconder el cadaver pero éste fue descubierto. En algunas versiones es juzgado y se lo destierra a Creta. En otras, Dédalo huye a esa isla y allí se pone al servicio del Rey Minos. Tuvo más tarde un hijo, Icaro, con la bella Náucrate. El rey Minos, admirado de la creatividad y sabiduría de Dédalo, le encarga la construcción del famoso laberinto donde habría de recluirse al Minotauro, un temible monstruo antropófago mitad toro, mitad hombre, que había tenido un hijo con su esposa.

El rey le exigió previamente que mantuviera el secreto de la salida del laberinto. Aquí es donde la historia se mezcla con otra narración de la que forma parte pero no siempre se respeta su contexto pues los mitos tienden a formar una densa trama en vez de ser relatos aislados.
Ariadna, hija del rey Minos, le pide ayuda a Dédalo para salvar a Teseo, un joven ateniense. Creta había ganado la gerra con Atenas y exigía cada año 7 jóvenes hombres y 7 mujeres atenienses en sacrificio para alimentar al minotauro. Teseo se alistó voluntariamente para intentar matar al monstruo y terminar con el castigo.

Ariadna se enamora de él cuando llegan los prisioneros y decide ayudarle a salvar la vida. Le pide ayuda a Dédalo. No es que Dédalo fuera un barriga fría y no supiera guardar un secreto, se conmovió con el amor de Ariadna y le dio la clave para escapar del laberinto llevando un hilo que al desenrollarse, marcaría el camino a la salida, que no era otra cosa que la entrada del laberinto. Teseo mata al minotauro y sale del laberinto para asombro de todos y desasosiego del rey que debe dejarlo libre y se marcha con Ariadna. Esa historia sigue y tiene sus vicisitudes pero ya no viene al caso.

Al rey no le importaba tanto perder a su hija como perder poder, menos le importaba la suerte del minotauro, quién lo había convertido en cornudo, y eso es lo que había estado en juego con Teseo, poder. Se enojó mucho y culpó a Dédalo de haberlo traicionado, deduciendo que solo éste podría haber ayudado, por lo que lo encerró en el laberinto bloqueando la salida, es decir, la entrada. De ahí que Dédalo no pudiera escapar. El castigo también fue para su hijo Icaro, que quedó encerrado con él.

Dédalo piensa y encuentra una manera de salir. El laberinto no tiene techo aunque era imposible escalar sus muros por lo que decide que usará las plumas que pierden los pájaros y pegándolas con resina de algunos árboles, intentará volar. Juntos construyen con paciencia las alas que debían servir, no solo para salir del laberinto, sino para fugar de la Isla de Creta, dado el poder del rey. Antes de volar hacia la libertad, Dédalo le advierte a Icaro que no vuele demasiado bajo , a riesgo de que sus alas tocasen el agua, se mojasen y se volvieran demasiado pesadas, ni tampoco demasiado alto, pues el sol derretiría la cera. El relato cuenta que el joven Icaro, extasiado por su capacidad de volar, olvidó las advertencias de su padre y voló demasiado alto. La cera de sus alas se fundió y provocó su caída al mar y su muerte. En algunas versiones dice que luego de pasar por las islas Esporas (que si eran pocas pueden ser el origen de la palabra esporádica, digo yo) cayó al mar y Dédalo rescató su cuerpo para enterrarlo en la isla que ahora se llama Icaria. Precisamente, un socialista utópico frances eligió ese nombre para nombrar a una isla perfecta en la que se concretaba la utopía. No en vano se asocia a Icaro con el sentido idealista y utópico de ir tras lo que se desea y sueña.

Una de las conclusiones es que Icaro fue castigado por los dioses por su irreverencia e impulsividad sin atender la voz de la experiencia.
Pero esa es una lectura antojadiza y falsa que, apoyándose en la muy importante idea de prestar atención a los consejos de quienes más han vivido, trafica la idea conservadora del castigo al que desafíe la voz de los que detentan el poder el de la de la sabiduría en una sociedad patriarcal. Un poder que depende de saber traducirla en enseñanzas y que no se acumula simplemente por la edad. A veces coincide y muchas veces no.

Pero a Icaro no lo castiga ningún dios. Incluso no necesariamente existe castigo en su muerte, como se aprestan a decir los que necesitan imponer su idea del pecado y del castigo de divino. Los dioses, en el relato, habían amenazado a Dédalo con el castigo de la muerte de un hijo, por el crimen de su sobrino que estaba impune. Es Dédalo el castigado. Me cacho en la diferencia, diría Icaro.

Aquí valdría reflexionar en torno a relatos elaborados por humanos que hablan del castigo de los dioses cuando alguien se atreve, con su creatividad, a estar a su altura. Ignoro si a los dioses le disgusta, creo que es a ciertos hombres a los que no les conviene tal osadía que ataque su poder, como el rey de Minos. Dédalo es un personaje activo que apuesta a la libertad en base a su capacidad y no es por ello que se lo castiga, sino por un crimen. Claro que la reflexión acerca de las imperfecciones y riesgos de nuestras creaciones, vale la analogía con la tecnología, es de recibo y bien haría el ser humano en pensar en ello, pero esa es una cuestión humana y no divina.

Icaro muere cuando, supuestamente embelezado, se deja llevar por la magnificencia del vuelo sin darse cuenta que se acerca al sol y el calor derrite el pegamento que mantiene unidas las plumas de sus alas. No es ningún dios quien provoca su caída y su muerte, sino un simple hecho natural provocado por la transformación material de un cuerpo, la cera, en su pasaje de estado sólido a líquido, y tal vez gaseoso, por la acción de un cambio de temperatura. Eso de acuerdo a la sabiduría de la época, porque hoy sabemos que cuanto más alto volara, más frío estaría el aire de las distintas capas de la atmósfera, a menos que alguien piense que se pueda acercar al sol con esas alas. Claro que en el relato, tal acercamiento era metafórico, pero una metáfora intimamente ligada al conocimiento del momento, por ello operó como mito.

Este es el contexto global en el que está inscripta la narración de Icaro, aunque la historia de dédalo se continúa. Un contexto que cuando se pierde, tergiversa la historia. No la historía realmente sucedida, si es que los presonajes y hechos hubieran existido, sino la historia de la elaboración del mito. Lo que sucede es que los mitos, aunque no parezca, estuvieron y estarán en constante resignificación y se los interpretará de acuerdo a la mentalidad del narrador y del receptor. Por ello no son mitos estáticos sino dinámicos, pero ello dependerá de la capacidad de hacerlo.

El mito cumple con una función social integradora del hombre con quienes lo precedieron y con quienes le sucederán, vinculándolo con la naturaleza, ya sea parcialmente o con la totalidad del cosmos, de todo lo existente. La mitología griega, como otras, inserta al ser humano en una narración mítica en la que interactúa con los dioses y lo sobrenatural para hacerlo partícipe de lo sagrado, potenciando la fuerza dramática del relato a través de una profunda unidad de lo simbólico y lo real, de lo fantástico y lo natural, entre el hecho singular de una hazaña del héroe o del poder de los dioses y los sucesos cotidianos de la vida simple de los hombres.

La narración mítica coloca al ser humano en una cadena con la que ordena el caos que aún no puede comprender y no hay que olvidar que son una forma de conocimiento, una manera de intentar entender el mundo. Los mitos son dinámicos aunque sean repetidos de la misma manera porque cambiarán los receptores, quienes lo irán transformando porque, paradojalmente, los mitos no se crean para que todo sea de una vez y para siempre por toda la eternidad sino para remarcar el imprescindible rol activo del ser humano, indicando saberes y prácticas que se deben mantener para continuar el mundo como intuyendo que si no se hace, todo se muere.

La inserción del hombre en un tiempo y espacio míticos, lo religa con el origen, supuesto o no, pero aún en la repetición ritual que pone en funcionamiento la ucronía, esa circularidad del eterno retorno nunca es tal y lo que se genera es parte de la dinámica dialéctica de la vida. En los mitos solo hay una repetición superficial. Tal lectura tiende a generar una necesaria certidumbre pero lo esencial de un mito será su dinamismo, dependerá del emisor y el receptor que, recuperándolo, lo vuelvan un fosil o un hecho transformador.

El hombre moderno, curiosamente, tiende a relacionarse con la historia, por ignorancia o confusión, con el apego que a veces se le atribuye al hombre arcaico con sus mitos, cuando éstos dieron muchas veces muestras de tener una visión rica y dinámica de las narraciones que repetían una y otra vez para fundamentar su acción en el mundo.

Hay sociedades, épocas y seres que apostarán por una lectura fija, inmovil, de acuerdo a su visión de las cosas, que suele generalmente tener que ver con su propia realidad, intereses e ideas. Esto muchas veces opera sobre los mitos fosilizando tal o cual versión, a menudo, despolitizándola y despojándola de su sentido en pos de afianzar tales o cuales posiciones. No solo ocurre con los mitos.

El mito de Icaro se utiliza para justificar el poder de los supuestamente más experimentados, el poder de gerontocracias dominantes. Toda sociedad ha tenido una cuota de lucha generacional, tal vez mal encaminada y falsamente antinómica. Una sociedad sana, sería la que no anule la lucha generacional, sino que la exprese en términos que sobrepasen la estupides de oponer jóvenes contra viejos. Por el contrario, despreciando la insolencia vacía de los que pretendan hacerlo todo a puro impulso o con la pedantería y omnipotencia del poder de turno, aproveche la voz de los que saben, ya sean unos ancianos o unos niños.

Xabier

* Para el Diario Español de Australia.