EL ETERNO RETORNO
No me refiero al regreso de la delegación ni a esas derrotas consuetudinarias que nos persiguen desde hace algún tiempo. A 24 horas de terminado el partido, llegó la hora de la reflexión. Si atendiera extrictamente esta premisa, esta nota terminaría acá pero siento el deseo de decir algunas cosas. Tuve la enorme fortuna de presenciar un vibrante partido de futbol. Además, en un estadio espectacular y desde una de las mejores ubicaciones. El palco cerrado en la platea de la tribuna principal, con un amplio escritorio y televisión para ver las repeticiones, me permitieron observar un partido excepcional, no tanto por lo desplegado en la cancha, sino por la atmósfera que lo rodeaba, lo que había en juego y lo electrizante de una definición que llegó hasta los penales. A partir de conocer algo de la vida en Australia, me permito aportar algún punto de vista que puede ser muy difuso para quienes no viven aquí.
Ante la frustración, la bronca, el llanto, confieso que me saltaron unas lágrimas en el momento final, cuando Aloisi emboca el último penal, también en plena conferencia de prensa al escuchar el medido y lento discurso de Fossati, se me volvió a hacer un nudo en la garganta. Luego, fui el único uruguayo que se quedó a la conferencia de Guss Hiddink, que lució muy sobrio y agradeció a sus jugadores, al su cuerpo técnico y a los dirigentes de la Federación Australiana de Futbol. A la salida, en vez de subirme en algún auto de los que podían trasladarme al hotel de Uruguay, preferí salir y sumergirme en el mar de camisetas amarillas con que miles de hinchas llenaban la Estación de tren de la Villa Olímpica que está junto al Telstra Stadium. El festejo convertía aquello en un bacanal idescriptible. Apretujado, subí a un tren repleto, con hinchas gritando, cantando, pegando en el techo y saltando, lo que motivó que pararan el tren por más de 15 minutos en el medio de la vía, anunciando por los altavoces que, si no paraban de saltar, había riesgo de descarrilamiento. En medio de esa euforia, que grabé y llegué a pasar algo de ese audio en mi intervención para la radio, no tuve inconveniente alguno cuando descubrieron que era uruguayo. En medio de aquel griterio pude charlar con los que me rodeaban acerca de la importancia para Australia de esta victoria y de lo que podría ser el nacimiento de una nueva identidad futbolística.
En el plano extrictamente técnico-táctico, les falta mucho y nos ganaron con muy poco, pero de lo que más adolecían era de una épica. Los australianos veteranos solo vieron una vez a su selección en un mundial, en 1974, y la vieron pasar desapercibida. De allí para acá, solo eran frustraciones acumuladas en definiciones de clasificación perdidas al último momento, cada vez que debían enfrentar al rival sudamericano de turno, aunque también perdieron con un país asiático en el 98.
Las nuevas generaciones no tenían nada que contar y ahora puede nacer una hinchada que se apasione por la suerte de los socceroos, aunque también deberán aprender que no será un camino de superación constante sino de marchas y contramarchas, de victorias y derrotas, de buenos equipos y de malos, de buenas camadas de jugadores y de períodos en lo que no surge ningún crack. Lo que es innegable, es que hoy Australia festeja y que se ha incorporado un público que estába muy por fuera del futbol. Eso puede redundar positivamente en el campeonato interno y en la motivación de nuevas generaciones y darle un salto cualitativo a este deporte que, si bien ya es el que tiene más jugadores inscriptos, tanto profesionales como amateurs en los clubes federados, y que ya ha superado al rugby, no tiene aún la exposición mediática ni el arraigo en la cultura deportiva australiana. Eso se logra con triunfos y el de ayer es un primer paso histórico. Lastima que nos tocó perder justo a nosotros.
En lo personal, sobre este deporte hiperprofesionalizado, convertido en una compleja red de fenómenos que lo interelacionan con el conjunto de la sociedad, que ha perdido aquella inocencia del juego, seguiré celebrando su caracter azaroso e impredecible, su resolución en la que inciden múltiples causas y efectos y donde todo cambia a partir de una pelota que entra o no, de un palo que dice que no o que si, de un pase mal dado o puesto al milímetro en el botin del compañero, de un error, como fue la pifiada de Kewell que deribó en los pies de Bresciano para que convirtiera el gol. De todos esos fenómenos relacionales que tienen que ver con la historia, la experiencia, el poder econónómico, la infraestructura, la técnica y la táctica adentro y fuera de la cancha, pero también junto a una suerte de física cuántica del futbol que se resume en que el aleteo imperceptible de una mariposa en el techo de la tribuna deriva en una ráfaga de viento que desvía mínimamente una pelota que llevaba destino de gol pero pasa junto al poste perdiéndose afuera sin que podamos creer cómo se pudo errar un gol que estaba cantado.
En ello, en ese universo en el que confluyen destinos personales y colectivos en relación a vaya a saber que conjunción planetaria a escala sideral, seguimos corriendo tras un balón cargando todo el peso de la cultura humana, de la prehistoria de nuestros más lejanos antepasados y de la historía caótica de nuestras complejas sociedades modernas con todas sus contradicciones. Ojalá, las reflexiones, que también deberían ser profundas en cada victoria, surjan de esta derrota, pero no para un gatopardismo con el que cambia algo para que nada cambie, sino para rescatar aquella pureza original de los que, tal vez en algún campo de batalla, dejaron las armas para correr tras una esfera como quien disputa el sol.
Creo que la única esencia de las cosas es que las cosas no tienen ninguna esencia, y que esa supuesta pureza original estuvo y se está resignificando constantemente. A nosotros, hinchas, periodistas, jugadores, dirigentes, y un largo etcétera, nos toca el enorme desafío de rescatar y desarrollar un juego en los marcos de una sociedad mercantilizada. No hay atajos pero tampoco pasos atrás hacía un mítico edén futbolístico, una operación mental muy recurrente en el Uruguay que aún pretende seguir amortizando sus glorias pasadas. La vida es el presente y en el hay que cosntruir. El pasado puede ser un buen apoyo si no se transforma en una pesada cargá épica derivada en misticismo. Y el futuro incierto, impredecible, abierto, dependerá de cada paso , de cada hecho concreto y vital que demos hoy y cada día, sabiendo que a veces los goles se hacen a la carrera y con grandes zancadas pero también con moñas de zaguan porque aunque pretendamos planificarlo todo, la vida será mucho más verde que el árbol gris de cualquier teoría y dentro de una cancha no habrá más lógica que la de esa esfera caprichosa que tantas veces nos dijo que sí a los uruguayos y ayer dijo que no.
Todo festejo, incluso el surgido de hechos históricos de profunda significación, como pueden ser revoluciones o el fin de una guerra, tienen también algo superficial, no en vano tantos regímenes han utilizado su poder para arrastrar a millones de seres en esa euforia colectiva. El futbol es paradigmático en ese aspecto. Pero creo que, paradojalmente, en esa cierta superficialidad, en esa insoportable levedad del ser tan bastardeada por los grandes medios y los grandes intereses, reside la esencia profunda del deporte. Porque de la misma manera que no hay que confundir a un puñado de jugadores con la patria, a la camiseta con la bandera ni sufrir por una derrota como si fuera una afrenta al honor nacional, tampoco las victorias nos hacen, cuando nos han tocado, superiores a nadie. El día que aprendamos a festejar eso, sufriendo, las derrotas, porque no se trata de desdramatizar para anular totalmente el dolor sino procesar ese duelo, y dándole rienda suelta a la alegría en el triunfo sin creernos mejor que nadie sino disfrutando de ese placer momentaneo y efímero, tal vez comprendamos, entonces, que la esencia del juego, si la tiene, consiste en su eterno retorno, en su circularidad cíclica en la que siempre hay revancha.
Quiero agradecer a los compañeros de MONTEVIDEO.COM la forma en que hemos trabajado en todos estos días y también a todos los lectores que me han escrito respecto a mis notas, algunas más serias otras más jocosas. Nos seguiremos encontrando semanalmente en la habitual columna de pretextos en la que espero seguir encontrando otros pretextos para mirar el mundo y contarlo a mi manera.
Javier Zeballos, especial para Montevideo.com
pretextos@montevideo.com.uy

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.

el ugo dijo
el azar y la ley de probabilidades. rápidamente a cuenta de escribir algún día más largo. el futbol actual ha minimizado casi hasta la insignificación estadística los hechos fortuitos que cambian el resultado de un partido. como vos decís, infraestructura, profesionalismo, táctica, etc; influyen determinantemente en los resultados. en ese modelo no hay sorpresa. discrepo profundamente. el modelo solo se quiebra con el futbolista genio (pele-maradona, o alguno que se parezca sin llegar a ser ellos. Aún así, cada vez se intenta controlarlos más.
Seguír eludiendo el problema del profesionalismo del futbol uruguayo y los intereses dirigentes empresariales(incluyendo a toda esa corporación de periodistas que andaban por ahí que no me merecen respeto ni por capacidad ni profesionalismo); es quedarse en la superficie. el único efecto mariposa que tiene que ver con uruguay, es que su gloria deportiva duró un solo día en 1950. después solo cenizas.
17 Noviembre 2005 | 03:48 PM