“La agricultura mundial, con el desarrollo actual, por primera vez en la historia puede alimentar sin problemas a 12.000 millones de personas, casi el doble de las actuales. Por eso, que un niño muera de hambre es un asesinato. Cien mil personas mueren cada día de hambre. Un niño de menos de diez años muere cada cinco segundos. La falta de vitamina A causa la ceguera a un niño cada cuatro minutos. El orden mundial es asesino y absurdo, porque mata sin necesidad.”
(De Jean Ziegler, relator especial de la ONU sobre el derecho a la alimentación, durante la presentación de su libro El imperio de la vergüenza.)

Leo las palabras de Ziegler y me quedo mudo. Hacer un diario, ponerlo en la calle, en el escaparate de un kiosko, aunque el lector sea solo uno, muchos miles o millones, implica algunas cosas, se quiera o no, consciente o inconscientemente están allí. Buscar, seleccionar parcelas de la realidad, eso que construimos y/o nos construyen, editar, redactar objetivizar y subjetivizar a cada palabra, cada letra, me enfrenta, día a día, semana a semana, ante la vergüenza de sentir que uno no escribe, no dice, no informa/da-forma/deforma todo lo necesario, ni siquiera lo imprescindible.

A veces me surge la duda de si todo esto no está en función del caos que parece hacer todo ininteligible para que el orden, aparentemente neutral, se afiance más y más, se imponga como la única verdad rotunda, la única vía. Leer párrafos como el de más arriba, no solo nos debe dar vergüenza, debemos entrever, intuir en medio del shock, de ese golpe directo a la mandíbula y al corazón, que hay que cambiar, que hay que construir feroz y pacientemente, radical y amorosamente una sociedad distinta, un mundo mejor y más justo aunque no sea perfecto y nunca logre serlo totalmente y siempre halla que estar rehaciéndolo y confrontándolo y reiventándolo. Saber que ese camino implica aunar fuerzas entre muchos diferentes, pero que esa diversidad nos dará fuerza y riqueza, que ese camino no será unidireccional ni libre de contradicciones, retrasos, vaivenes, restauraciones y que si bien, ya quisiera yo que fuera inevitable, dependerá de mí, de ti, de vos, de nos y tantos otros, pero no lo dudes, será contra ellos.

Dicen algunos que sigo siendo un optimista a pesar de mi pesimismo histórico, pero al leer las palabras del discurso de Ziegler, pensé en tres poetas muy distintos: Blas de Otero por aquello de...me queda la palabra...

Nazhim Hikmet cuando decía... Vencer la mentira en todo el mundo, en el libro, en la calle, en nuestro corazón y entender que es lo que se va, que es lo que viene...

y aunque la rueda de la historia haya perdido el rumbo o incluso vaya o venga a contramano, me permito trasmutar la poiesis desbocada de Don Rafael Alberti para gritar entonces... a pedalear, a pedalear...

Xabier