Cuando niño crecí escuchando las canciones prohibidas por la dictadura en unos pocos discos de 33 rpm que giraban una y otra vez sobre un viejo tocadiscos escuchado bajito.

Una de las que más me gustaba era La niña de Guatemala, en la que el duo uruguayo, Los Olimareños, había musicalizado un texto de José Martí. La canción estaba prohibida porque los olima cantaban además, lo que en aquel tiempo se llamaba Canción Protesta, con temas tan variados como Los Orientales, sobre un poema de Idea Vilariño, Milonga del fusilado, Orejano, sobre texto de Serafín J. García, Cielito del 69 de Mario Benedetti, o Los dos gallos, una canción de la Guerra Civil española. Pero su reperterio recorría también lo mejor del floklore uruguayo y latinoamericano, como por ejemplo, la no muy conocida payada de Florentino y el diablo.
Esta es una canción de amor pero fue prohibida al barrer y por ser de Martí, por la connotación revolucionaria con Cuba. Un poco por lo mismo que aquellos soldados que en una requisa de libros para quemar en un allanamiento, incineraron un libro de arte porque su título era El cubismo de Picasso. La anécdota seguro que es más leyenda que verdad, aunque la dura realidad de aquellos años en tantos lugares, seguro que la superó con creces. Algo que no muchos saben es que José Martí, a fines de los años 80 del siglo XIX, cuando estaba en EE.UU. organizando el movimiento revolucionario, fue Consul del Uruguay en Nueva York, llegando a representar al estado uruguayo en el Congreso Internacional Monetario.

El poema es conocido por otro título, el que reproduce el primer verso y dice Quiero a la sombra de una ala... y figura en los Versos sencillos.
Todavía me gusta mucho la canción, en la que mezclaban canto con recitado y en la que iban cambiando el protagonismo de las voces aunque hace mucho que no la escucho. El texto tiene una curiosa estructura que mezcla tiempos distintos. Recuerdo ahora a una guatemalteca que conocí en Bulgaria, de casualidad, practicamente nos chocamos en una fría noche de invierno, mientras caminabamos entre la nieve por los senderos de la Ciudad Universitaria de Sofía y al reaccionar los dos en español, seguimos hablando de este poema de Martí, que que es ideal para romper el hielo cuando uno se encuentra de sopetón con una guatemalteca en una fría noche de invierno en medio de la nieve. Ella me contó que la niña de Guatemala parece ser que fue María García Granados, a quien Martí conoció en Guatemala en 1877, antes de casarse en México con la cubana Carmen Zayas Bazan y parece ser un texto autobiográfico. Aquí va el texto que le prometí buscar a Gaby que me pidió algo de Martí.

Quiero, a la sombra de un ala,
Contar este cuento en flor:
La niña de Guatemala,
La que se murió de amor.  

Eran de lirios los ramos,
Y las orlas de reseda
Y de jazmín: la enterramos
En una caja de seda.  

...Ella dio al desmemoriado
Una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.  

Iban cargándola en andas
Obispos y embajadores:
Detrás iba el pueblo en tandas,
Todo cargado de flores.  

...Ella, por volverlo a ver,
Salió a verlo al mirador:
El volvió con su mujer:
Ella se murió de amor.  

Como de bronce candente
Al beso de despedida
Era su frente ¡la frente
Que más he amado en mi vida!  

...Se entró de tarde en el río,
La sacó muerta el doctor:
Dicen que murió de frío:
Yo sé que murió de amor.  

Allí, en la bóveda helada,
La pusieron en dos bancos:
Besé su mano afilada,
Besé sus zapatos blancos.  

Callado, al oscurecer,
Me llamó el enterrador:
¡Nunca más he vuelto a ver
A la que murió de amor!