Escribí una novela magnífica. El primer párrafo era certero y contundente. Atrapaba al lector y definía al personaje. La primera persona le daba una fuerza singular, nada que ver con esos narradores omniscientes de tercera. Era un protagonista absoluto que templaba la acción, la que no decaía jamás. Era un libro excelente. La trama se componía de varios núcleos narrativos hábilmente entrelazados mediante una sutil urdimbre de indicios, elipsis, y demás recursos estilísticos. También incluía otros personajes a través de precisos y metonímicos diálogos e intercalaba pasajes descriptivos que pintaban bellamente una escena y, si bien detenían la acción, eran los remansos a manera de contrapunto que la dinámica de la estructura dramática requería. Si, era estupenda. Y eso, sin mencionar el uso audaz del lenguaje coloquial, casi a nivel de jerga en algún tramo, que le aportaba toda esa riqueza de la oralidad y una especial sensorialidad expresiva que junto al oportuno recurso de la onomatopeya, el hipérbaton y aliteraciones varias, más una casi infinita gama de formas retóricas, le daba una cadencia única a un ritmo no exento de resonancias míticas. Era brillante como dentro de una composición equilibrada resaltaba la sobriedad clásica salpicada de transgresiones formales y algún que otro neologismo vanguardista. El uso semántico de la palabra era rico y profundo, sin obviar sus valores plásticos y fónicos, en un discurso con reminiscencias simbolistas, más allá de su fuerte impronta realista. Ya les digo, era una novela extraordinaria pero al final, en mi afán minimalista a ultranza, comencé a quitar aquí y allá hasta que solo quedó el título y este relato que la rescata de un inmerecido olvido.

Xabier
(de Pretextos)