CHAGALL, KUSTURICA Y UNDERGROUND...
...o había una vez un país que ya no existe

“ … Lo real es invisible a los ojos
sólo se ve bien con el corazón.”
Saint-Exupery.
Siguiendo las palabras de Renata Negri sobre el Arte de Chagall cuando afirma que el secreto al principito por el sabio zorro es, también, el secreto de Marc Chagall, me atrevo a extenderlo a Emir Kusturica por la simple fórmula mágica que hace de sus pinturas y sus películas, algo tan personal y cautivador. Si buscamos un pintor y un cineasta que sobre todo sean poetas, que antepongan las razones del corazón a las del intelecto y la lógica, que no olviden la naturaleza sentimental, tierna y apasionada de sus personajes, encontraremos a estos dos hombres que se hallan unidos a través de las peripecias de sus vidas y su arte.
No parece impropio atribuirles las palabras pronunciadas por un personaje de fábula de apariencia animal ya que para ellos, los hombres, los animales y los elementos inanimados integran siempre un mismo mundo, maravilloso y fantástico, un mundo teñido por la fábula pero, no por eso, menos verdadero. Al enlazar el presente con el pasado en una transfiguración lírica, renuevan el milagro de una emoción devuelta con sus múltiples voces, con sus íntimas resonancias y en la plenitud de sus sentimientos. En ambos existe cierto misticismo, una profunda espiritualidad casi panteísta vinculada estrechamente a sus raíces, a esa melancolía que parece nacer de sus exilios voluntarios e involuntarios, del dolor y los lamentos por una tierra perdida que, a su vez, se entronca con ese amor listo para encenderse en intensas llamas ante cada nueva experiencia, ante cada nueva emoción de la vida.
Marc Chagall, nacido en 1887 en la aldea rusa de Vitebsk, creció en el ambiente de los pequeños comerciantes judíos bajo la estricta observancia de las tradiciones de su religión, participando activamente en la vida de su pequeña comunidad. Soñador y observador atento, vivió su propia realidad como si fuera una fábula, transfigurando los personajes , animales, y elementos de la vida cotidiana, haciéndolos partícipes de esa atmósfera de misterio y maravilla que veía a su alrededor.

Su sensibilidad y ferviente imaginación transformaban cada sensación en un caleidoscopio de imágenes, una al lado de la otra y cada una generada por la anterior. Emigrado primero a San Petersburgo y más tarde a París, establece contacto directo con todas las vanguardias de la época rescatando lo que se adecua a él, pasándolo todo por ese cernidor personal armado de su sustancial originalidad. Se conmueve con los encendidos cromáticos de Van Gogh, con los fauves y el lirismo colorista de Matisse pero sigue de largo. Se maravilla con el cubismo de Picasso y Braque pero no se queda anclado en su rigurosa objetividad. Se acerca al orfismo de Delaunay pero no se deja atrapar en la simple intersección de planos bajo la difusión prismática de la luz. Para él, no hay otro fin que la más libre y cabal proyección sobre la tela de ese mundo poético estimulado por los sentimientos. El surrealismo deja de ser una asociación automática, inconsciente y onírica para transformarse en el desarrollo armónico de un pensamiento poético que es sensación inmediata pero también meditación y recuerdo y como tal se articula en múltiples facetas. Las combinaciones extravagantes solo en apariencia son gratuitas, el orden que las domina, simplemente pertenece a otra dimensión que las de la lógica convencional.
Basándose en el impulso de la emoción y en los senderos de la memoria, reencuentra los fragmentos de una imagen que se compone caótica y, a la vez, armoniosamente sobre la tela. Es lo real visto con los ojos del corazón. Su simbolismo no es premeditado sino que se coloca como un punto, no tanto de llegada sino más bien de tránsito, como concepto de acentuación de la eficacia expresiva y del valor significativo de las imágenes. Simplemente quiere contarnos como ve y ama al mundo. Lo que recuerda, intuye, acepta o enjuicia del mundo a través de la vitalidad persuasiva de sus imágenes es tal, que llegan a ser, además de una verdad concreta en la densa trama de sus contextos, un símbolo absoluto, libre y válido por si mismo, independiente de cualquier asociación.
Creo que estas palabras sobre el arte pictórico de Chagall son aplicables al cine de Emir Kusturica. Pero no sólo estos son los puntos de contacto. El yugoeslavo se ha declarado admirador de García Márquez y del realismo mágico. Siempre se vinculó la naturaleza de algunos de sus personajes y ambientes, por ejemplo el Perham de Tiempo de Gitanos, y toda su familia, a ese mundo maravilloso creado en la literatura latinoamericana. Sin embargo, creo que una de las mayores influencias o, al menos, un antecedente válido, son las pinturas de Chagall pobladas de escenas cotidianas sutilmente transformadas, de animales relacionados íntimamente con los humanos, de músicos, particularmente violinistas, siempre presentes, de mujeres que vuelan o parecen flotar, de objetos invertidos y en permanente movimiento, como también el omnipresente recuerdo del paisaje de la aldea perdida.

Hay un paralelismo notable entre la escena de Underground en medio de una batalla con el fuego y el cristo derribado en la cruz con los elementos que conforman la escena de un cuadro pintado por Chagall titulado, precisamente, La Guerra. Underground, ganadora de la Muestra de Venecia, filmada por Kusturica en 1994, durante los convulsionados años tras la Guerra en los Balcanes, es un recorrido que sobrevuela esos cincuenta años que van entre inicios de los 40 y los 90´. Un recorrido azaroso plagado de saltos y que mezcla la ficción con imágenes documentales insertando a los personajes ficticios dentro de esa realidad y viceversa, utilizando técnicas de montaje similares a las de la película Forrest Gump. Vemos allí la ocupación nazi y toda la gama de colaboracionistas que incluso los recibieron con vítores en las calles y también la lucha de los guerrilleros partisanos de Tito por la liberación y los años del régimen socialista que desembocó en la lucha fraticida cuando se vino abajo.

Es una visión caótica y exagerada a través de lo grotesco. Por momentos, realista, es a la vez una metáfora surrealista cargada de múltiples imágenes y fragmentos. Comienza con una farándula de músicos y parranderos en la noche y sigue con las descarnadas escenas de un zoológico atacado por la barbarie humana de un bombardeo, se trata de la entrada de los nazis en Belgrado, que destruye y mata animales y gente pero que, a la vez, rompe los límites entre lo civilizado y lo salvaje.
Lo verdadero y lo falso, el arriba y el abajo, ese paraíso e infierno son mostrados hasta en sus mínimos detalles sin aclarar cual es cual ni quien es quien en ellos. Lo blanco y lo negro se mezclan en infinitos matices dejando atrás las visiones esquemáticas del bueno y el malo. Aún así, no se diluye la crítica pero desde la pureza de lo incontaminado sino desde el barro de la realidad de una tierra cuyas raíces se hunden en la historia.
Un arriba y abajo que no son sólo los del socialismo real porque también esos túneles parecen surcar a toda Europa y el mundo. “Todo el mundo es un sótano” dice el médico alemán que ayuda solidariamente a Ivan. Realidad y fantasía siempre mezcladas como en la secuencia donde los hombres que han vividos bajo tierra, engañados por años, irrumpen en la realidad del arriba ignorado justo en medio de una filmación de una película que recrea su tiempo adquiriendo, verdaderamente, su falsa identidad. A través de esos pliegues del tiempo, los mismos personajes se encuentran y desencuentran como en el pasado desembocando en los conflictos actuales teñidos por las mismas pasiones del ayer.
“Ninguna guerra es guerra hasta que se mata un hermano” dice uno de ellos, pero no solo es la guerra lo que destruye a un país, a dos o a tres. Ese hermano somos nosotros mismos y también el otro diferente a mí. La destrucción va más allá de las fronteras, siempre caprichosas y muertas, hijas de otras tantas conquistas y guerras. La verdadera destrucción es la de los valores que solo la mezcla y no la separación, la mixtura y no la división, son capaces de recrear en el presente hacia un futuro mejor que no olvide el pasado. A esa mezcla parece apostar Kusturica, no para volver atrás, sino adelante, aunque se viaje en un fragmento partido de tierra a la deriva. Tal vez esa Yugoeslavia recordada o soñada, siempre criticada pero entrañablemente querida, sea como una mujer con sombrero, como cantaba Silvio Rodríguez…
“…como un cuadro del viejo Chagall
corrompiéndose al centro del miedo
y yo que no soy bueno me pongo a llorar
pero antes lloraba por mí
y ahora lloro por verla morir.”
Xabier
* Publicado en EL DIARIO ESPAÑOL de Sydney, Australia el 26 de abril de 2006.

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.

arcoiris dijo
Gracias por ese artículo!
8 Junio 2005 | 04:29 PM