Tenía el don de convertir el hecho más simple y cotidiano en una experiencia mágica y maravillosa. Cada día era un nuevo día vivido aquí y ahora. Cada momento, un instante pleno. Aún conservaba intacta su capacidad de asombro. Y así vivía la vida, mirándolo todo, sintiéndolo todo, conectándose con todo hasta que todo se fue convirtiendo paulatinamente en una maravilla constante y uniforme y todos los momentos se hicieron mágicamente iguales y todo se convirtió en una rutina maravillosa que se repetía implacablemente día tras día por toda la eternidad.

Xabier
(de Pretextos)