FUTBOL Y TELEVISIÓN (IV)
ESPECTÁCULO
Pero volvamos al tránsito de juego a deporte y de deporte a espectáculo. Vimos como nació el deporte en el seno de la sociedad inglesa de mediados del siglo XIX. Luego, estos exportaron el futbol por sus colonias y a todos los rincones con los que comerciaban. El tránsito por todo el siglo veinte es una constante evolución en todos los aspectos pero en el último cuarto de siglo comienza un proceso acelerado que pauta un nuevo salto cualitativo: el Futbol como Espectáculo.
El futbol es cada vez más un espectáculo y esto lo relaciona de nuevas maneras con otros aspectos de la sociedad. Algunos dirán, el futbol no solo es un espectáculo, sobre todo, es un gran Negocio. Cierto, pero es negocio desde hace mucho, aún antes del profesionalismo. Por ejemplo, como vimos, ya el futbol era un negocio para las clases dominantes de la Inglaterra Victoriana tan interesadas en disciplinar a la clase trabajadora, demasiado proclive al despliegue, la emulación física y el derroche de energía, cosa que la cultura de la época no valoraba como entrenamiento. Incluso la palabra Negocio, del latin Neg-otiun significa, precisamente, la negación del ocio. Los mayores dividendos rindieron en ese disciplinamiento.
Pero ¿Qué es espectáculo? La lista puede ser infinita e incluir actividades cotidianas que, en principio, no lo parecen. Una definición simple puede ser la significar una acción que se ejecuta en público para ser mirada. Profundizando un poco, podemos determinar que es el resultante de la combinación de un cuerpo que se exhibe y un ojo que lo mira. La interacción de estos dos factores establece una relación espectacular.
Sí, ya sé, en lo referente a una relación espectacular, Ud. tiende a pensar en otra cosa. Bueno, yo también, pero sigamos. La antropóloga Diane Ackerman en su excelente ensayo Una historia natural de los sentidos reflexiona sobre este tema y se pregunta si sentir como estallan los almíbares de los jugos de una fruta en la boca, oler un perfume o acariciar un objeto ¿Son un espectáculo? Parecería ser que la mediación del gusto, el olfato y el tacto vuelve demasiado íntimas las cosas. La distancia aparece como un factor fundamental, como si el espectáculo pudiera estar donde una acción se nos presenta como una especie de extrañamiento. El oído y la vista se presentan como fundamentales para mantener esa distancia.
En el caso del oído, si se trata de un susurro, este aparece como demasiado cercano, siendo casi tacto. En cambio, cuando se trata de la escucha de un disco, parece mediar un exceso de distanciamiento y solo hay una referencia a un espectáculo que se dio en otro lado. Son el oído y la vista juntos, y con ellos sí se complementan los otros sentidos, los que se potencian como si esa visión del cuerpo que emite estableciera la verdadera certeza del carácter espectacular. ¿Qué pasa con el cine y la TV? Después de todo, son solo luces y sombras pero, aunque los cuerpos no estén presentes, la mirada los reconoce como tales. Una relación espectacular implica, fundamentalmente, a un cuerpo y a una mirada. No hay que aclarar que, tanto el futbol moderno, como sus antecesores, revestían este carácter espectacular. Y es que, como bien dicen Pilar Equiza y Manuel Roglan en Televisión y lenguaje:
“El deporte es, precisamente por su característica, la pura acción,
lo que mejor transmite la TV, siendo el tipo de emisión que
reúne más espectadores”
Es que el deporte es programable, ya que los partidos son parte de un calendario establecido con anterioridad. Su incidencia abarca lo local, lo regional, lo continental y lo mundial. Se celebra en directo y los canales no titubean en destinarle el horario central, el prime time. Es una competencia reglamentada pero imprevisible y pone en escena, cuerpos en movimiento. Nadie duda que el futbol por televisión cumpla con los requisitos de lo espectacular, a tal punto que su adaptación a la pantalla, es casi natural.
La relación espectacular se nos presenta hoy como la emergencia de una mirada profana, pero comprender la ambigüedad de muchos espectáculos implica comprender la difusa frontera de lo sagrado y lo profano en lo espectacular. En el espectáculo moderno del cine, el teatro, la opera o los deportes y tantos otros, subyace un componente ritual y mítico importante. El arte constituye una manifestación moderna de lo sagrado. Muchos juegos-ceremonia que nacieron como, o tuvieron, una dimensión religiosa, fueron cambiando y trasladándose a la cultura secular.
Ese proceso complejo, contradictorio, plagado de particularismos, implica rupturas pero también continuidades. El futbol actual expresa, de manera paradigmática, ese rico proceso. Pero, a diferencia del rito, tanto los arcaicos como los modernos, donde el mediador se anula para propiciar la comunión entre el creyente y la divinidad y donde no hay lugar para el espectador, en el espectáculo se privilegia el lugar del espectador y se le asigna un lugar preferencial, eso sí, preferencial para mirar, no para actuar.
Un cuerpo y una mirada establecen una relación de seducción, de fascinación, que también es una relación de poder. La seducción tiene el poder, el poder sobre el deseo del otro. De ahí que todo poder necesite espectacularizarse, pues solo vive y se asienta el poder que se hace desear. El Nazismo y su particular criterio espectacular son un buen ejemplo. Por cierto, Hitler ordenó la realización audiovisual para cubrir los Juegos Olímpicos de 1936 y toda actividad que propugnara la glorificación atlética de la superioridad germana. No fue el único. Ni el único en intentar domesticar el deporte a los fines ideológicos, ni en fracasar en el intento. La silueta voladora de Jesee Owens devorando los míticos 100 metros llanos de la pista, en aquella gloriosa tarde, dejó sin voz a más de uno y aún emociona al verlo en los ciclos documentales de la historia del deporte.
Xabier
Continuará...

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.
