SYDNEY EN SI BEMOL
Track06.cda Audio: Aboriginal Sound, por Yothu Yindi
Sydney no parece una ciudad muy musical. Ni siquiera es ruidosa. Esto último habla bien de los decibeles y la calidad de vida pero la vuelve algo mustia para experimentos de fusión de ciertos ruidos urbanos integrados en obras musicales. Pienso en Gershwin o en el Piazzolla de Buenos Aires hora 0. Sin embargo la ciudad también tiene sus músicos callejeros dispuestos a entonarle el alma. No solo los del túnel peatonal que une Central Station con Railway Square por el que pasan miles y miles de personas o la famosa explanada turística de los muelles de Circular Quay, entre el Harbour Bridge y el Opera House, donde se puede encontrar todo tipo de instrumentistas y no faltan aborígenes soplando el digiridoo en medio de hombres estatua, mimos y malabaristas. También se los puede encontrar en otras partes de la ciudad aunque siempre en espacios públicos muy transitados, como suelen ser las entradas de los Shopping Center, esos mundos aparte, esas metáforas asépticas e hipercontroladas del sueño arquitectónico o de una pesadilla orwelliana invariablemente sonorizados con música funcional.
La calle Pitt, en cambio, donde comienza la peatonal, en plena City, lugar de tránsito multicultural, se ha vuelto un sitio privilegiado en el que los sábados a la tarde suele haber músicos que no escatiman en instrumentos y los ejecutan con sofisticados equipos de amplificación portátiles. No es extraño que instalen un atril con partitura y todo, pedaleras conectadas a sintetizadores que agregan sonidos perfectamente afiatados y uno no puede dejar de preguntarse dónde diablos se esconden los demás músicos de semejante orquesta sinfónica. Todo suena muy bien ecualizado y hasta se puede respirar ese aire tan particular de música de cámara más propio de renacentistas salones europeos. A primera vista parecen turistas empedernidos que andan trotando por el mundo sobreviviendo gracias a sus improvisadas interpretaciones callejeras pero suelen ser músicos con años de conservatorio.Tampoco falta el minimalista que toca una suerte de silofón de botellas colgadas con distinta cantidad de líquido o el típico personaje que hace cantar a su cacatúa.

Lejos de cualquier analogía con nuestros transportes colectivos montevideanos, escenarios rodantes con hermanos bolivianos y peruanos charango y quena en mano más un sinfín de compatriotas que suben a ejecutar todo tipo de canciones, o por lo menos un tanguito a capella, aquí no es fácil encontrarse iberoamericanos aunque el flamenco suele tener una presencia fuerte en guitarristas. Sean de donde sean, siempre hay algo de flamenco en el repertorio, aunque suene light y le falte un buen palmo, un cantaor y una aguerrida bailaora taconeando por bulerías o soleares.
Sin embargo, hace unos días, caminando por la zona comercial de Bondi Junction, escuché un acordeón a mano y le sentí algo raro. Un no se qué que me dejó colgado del pentagrama abrazado a la clave de sol. Me acerqué y traté de identificarlo pero no me daba cuenta. Sonaba a una chansón francesa pero el sonido estaba impregnado de algo que mi oído interior conocía y no podía explicar. El tipo parecía centroeuropeo pero cuando paró y arrancó de nuevo, me di cuenta. Tocaba con ese particular e inconfundible sonido de los brasileños de Rio Grande do Sul. Ese que puedo reconocer mezclado en la frontera norte de Uruguay y que influenció hasta en la manera de tocar las polkas en los departamentos al norte del Río Negro. Y así era, descubrí que era de Bagé y nos enroscamos en un portuñol acelerado que nos amparaba a ambos.
En Fairfield hay un chino que ejecuta, con movimientos casi de Tai-chi, una suerte de violín hecho con una lata pequeña con un caño a manera de brazo por el que corren unos alambres que rasga o punza con una maderita a manera de arco. A contramano de lo que se podría pensar, arranca suaves y dulces sonidos cómo de canción de cuna.
En la estación de Rockdale hay un anciano australiano que toca algo con reminiscencias folk en una vieja guitarrita desafinada, apenas pulsando las cuerdas y sin llegar jamás a ejecutar una melodía completa, pero siempre está allí con sus arpegios desfasados recibiendo no pocas monedas a cambio de esos insólitos acordes desconectados entre si.
Pero el máximo exponente del surrealismo musical en las calles de Sydney fue un flaco con pinta de roquero punk, una suerte de Syd Vicius con la melena de los hermanos Van Halen, que en pleno túnel de la estación hacía la pantomima de ejecutar una guitarra eléctrica que no solo se hallaba desenchufada sino que tenía todas sus cuerdas rotas, las que colgaban de la desvencijada clavija como ramas de un helecho deshojado. Lo insólito es que mantenía los ojos entrecerrados, totalmente copado, cómo si estuviera en pleno recital. No se escuchaba nada, ni la más mínima nota musical, pero la pasión del toque era tanta, que la gente se paraba a verlo y le dejaba una moneda en el estuche de la guitarra. Eso sin mencionar la verdadera ovación que cosechaba en cada uno de esos finales apoteósicos en los que, juro, pude ver a más de un espectador aturdido, taparse los oídos.
Xabier
* Publicado en EL DIARIO ESPAÑOL de Sydney, Australia, el 17 de mayo de 2005.

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.

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21 Diciembre 2009 | 09:43 AM