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La Coctelera

KaosmoS

Palabras despalabradas, sentidos sin sentido, imágenes inimaginadas y todo lo que usted no quería saber pero se atrevió a preguntar...

23 Mayo 2005

LA CARTA

Nunca fui bueno para escribir cartas. En las redacciones escolares jamás pasaba de una carilla y el género epistolar se reducía a garabatear alguna que otra esquela a las apuradas pero siempre hay una primera vez.

Lo que aquí relato ocurrió durante una larga tarde en la casa de una mujer con la que me hallaba en una delicada transición, esas instancias en las que uno deja de ser un simple conocido para ser algo más, un poco más, bastante más, muchísimo más. ¿Queda claro? Lo que no es necesario aclarar es que es un proceso particularmente inestable y contradictorio, en el que cualquier pequeña equivocación o ínfima demostración de falta de tacto puede desembocar en un corte abrupto. Dado mi interés especial en la susodicha, me había comportado impecablemente siendo cuidadoso de todos los detalles que pudieran alterar aquel clima ideal. Esos mismos detalles que, con los años de convivencia, uno olvida irremediablemente, pero esa es otra historia y no es momento para ponerse autocríticos, justo ahora.

En la calma absoluta de un lunes y luego de una maravillosa madrugada, ella partió a sus actividades profesionales y yo me aprestaba a disfrutar de la paz de un día sin compromisos laborales. A manera de adelanto, confieso que esa paz comenzó a alterarse en el momento exacto en que ella, luego de un beso y una promesa susurrada al oído al terminar el desayuno, que yo había preparado, me preguntó, como si tal cosa pero con gran ternura, si había visto a su mascota. Confieso que sentí algo de celos y eso me predispuso mal hacia aquel animalito destinatario de vaya a saber qué sentimientos. Lo cierto es que el tema no pasó a mayores y solo volvió a interrumpir ese microclima de seducción cuidadosamente elaborado cuando, al abrir la puerta, ella me pidió que fuera tan amable de buscar y alimentar a su querido Hamster, que no se hallaba en su casita de vidrio con noria incluida.

- Porque te gustan los animalitos, ¿no? - Preguntó. Yo debo haber puesto cara de no se que, porque sonrió y agregó…

- ¡Ay! Eres tan lindo como mi querida bestia- Mientras me apretaba un cachete.

Aclaró que se refería al hamster, dijo que volvería tarde, que si yo quería irme a mi casa, estaba todo bien, pero si me quedaba, mejor. Me dio otro besito, cerró la puerta y cuando me disponía a descansar, escuché su voz desde el pasillo recordándome lo de su querida bestia. Luego de varias horas, me retiré para siempre del lugar no sin antes redactar y dejar esta carta de despedida sobre la mesa de la sala de estar.

Verónica:

En la tarde de hoy, a las 15 y 45, para ser exacto, en momentos en que reflexionaba sobre la peculiar situación que nos reúne en este hermoso, elegante, bien decorado y pulcro apartamento, recordé la imperiosa necesidad de encontrar a tu querida bestia. Luego de haber buscado con suma paciencia por los más insólitos recovecos mientras emitía sonidos onomatopéyicos tales como mishu-mishu, miau-miau, guau-guau y etc - etc hasta lograr un afinado crichi-crichi que me resultó de lo más apropiado para el caso, pero que igual no daba ningún eficiente resultado... ¡ZAZ! De repente, como toda buena bestia que se precie (ya sin el querida) el quetedije saltó de atrás de uno de los canastos con motivos indígenas que decora el living, lo que me provocó cierta alteración cardiaca que, reconozco, todavía me dura. Pasó como un bólido por debajo de la solidaria mesa ratona, solidaria con él, no conmigo, ya que me di en la frente contra su filoso vértice mientras era testigo de su escape en veloz carrera rumbo a las habitaciones. Cuando me repuse del susto y del golpe y llegué a asomarme al pasillo, ya no había ni rastros. Igual corrí, ágil y presuroso, pero era evidente que ya estaría escondido en vaya a saber cuál de las habitaciones o, incluso, en el placard al que, por cierto, te informo que no le cierran bien todas las puertas.
Luego de descansar en el amplio y cómodo sofá verde, de estilo, decidí volver a emprender la búsqueda. Lo prometido es deuda. Ya ni recuerdo las veces que recorrí todos los dormitorios. Sabrás comprender como fue que abandoné la calma habitual en mi persona por un estado algo más alterado. Así es que caminaba, mejor dicho, gateaba a los tumbos por la casa preso de una terrible ansiedad por atraparlo, quiero decir, encontrarlo cuando, para colmo, se sumó a tal cuadro psíquico mi reciente crisis de angustia más dos o tres complejos de culpa que detectó la semana pasada mi psicólogo. Aún así, en semejante estado y frente a una situación crítica que no es fácil superar satisfactoriamente, fui capaz de concebir la más eficiente y salvadora idea de cómo atrapar a LA BESTIA (ya ni vestigios del querida) y redimirme ante mi mismo, ante ti y la sociedad toda. Me incorporé y caminé erguido y resuelto como lo debe haber hecho nuestro primer y más lejano antepasado mientras me dirigía hacia el mueble de la entrada con cierta irónica sonrisa apenas esbozada en los labios. Un je-je con el que ya saboreaba la victoria. Llegué, abrí la puertita de abajo y ahí estaba, quietita. Le tomé con fuerza el brazo y me la traje arrastrándola. Le extendí el cable y lo enchufé, apreté con el pie derecho el pedal de encendido, giré la perilla hasta la máxima potencia y tu todopoderosa KELNER 7400 último modelo, rugió bárbaramente. Le quité con sumo cuidado el puntero, liberando la boca niquelada del caño, para ahorrarle al animalito, quiero decir a LA BESTIA, ciertas e innecesarias contorsiones a la hora de viajar directo al corazón del aparato o, mejor dicho, al estómago, método que solo un asesino brutal hubiera ejecutado. Me lancé a andar con la máquina detrás y con el caño apuntando en una y otra dirección, el cual iba aspirando todo lo que encontraba a su paso. Es decir, todas las partículas de polvo, migas, palitos, hojitas, lanitas y algún que otro pequeño objeto decorativo que, con algo de paciencia, ya rescatarás. Hasta que en un momento mi poderosa visión alcanzó a divisar un pelito más bien marroncito, el cual pertenecía evidentemente a su cola (me refiero a la de LA BESTIA) y apunté el caño en dirección de donde provenía, que resultó ser debajo del, ya es hora de decir ciertas cosas, espantoso y anticuado sofá verde. Sincrónicamente, mi poderoso oído pudo captar cierto quejido que disipaba cualquier duda. En el instante en que me agachaba para mirar y determinar las coordenadas de su exacta ubicación, la muy bandida BESTIA pasó como un rayo por debajo de mi cuerpo en veloz carrera, lo que me provocó tal estado de enfurecimiento, que salí detrás, a toda velocidad, con la máquina de a rastras, aunque ya no utilizando el caño como aspirador sino que le iba tirando palazos o cañazos por toda la casa, la que recorrimos completamente, una y otra vez, desde el baño a la terraza y viceversa, a manera de un circuito de Fórmula 1.
Así se sucedieron los minutos o las horas, ya que reconozco haber perdido la noción del tiempo. Solo recuerdo el intenso momento en que la muy torpe quedó acorralada en un callejón sin salida entre la pared detrás de la puerta y el aparador de la entrada que, dicho sea de paso, no combina mucho con el resto de los muebles, pero bue!
Cuando LA BESTIA tomó cabal conciencia de la situación en que se hallaba (en este caso, cuando digo LA BESTIA, me refiero a mí) supo que ya no habría escapatoria. Ella, un tanto más instintivamente pero no menos furiosa, sin duda sintió lo mismo, por lo que optó por pararse sobre sus patas traseras, levantando las delanteras como un autentico oso grizzly mostrando sus feroces dientes, a la vez que daba dos o tres pasos amenazadores hacia delante. Pobrecita... en el fondo me dio lastima pero allí, en el frente de la casa, le di con el caño justo en la cabeza, lo que la dejó dormidita sobre la alfombra azul. Parecía totalmente relajada pero, por las dudas de que se tratara de un ardid, inmediatamente la aspiré por el caño, que la deglutió como una boa lo hace con su diario ratón de almuerzo. La escena se parecía a esas de víboras que pasan en la National Geografic o en el Discovery Channel, programas que miro siempre lo que demuestra mi altísimo interés en el cuidado y conservación de los animalitos. Luego procedí a desmontar la máquina y quitar la bolsa de la aspiradora, la que volqué exactamente dentro del habitáculo de vidrio, el hogar de LA BESTIA, por temor a que pudiera fugarse aún. La pobre cayó como bolsita de papas sobre el aserrín y quedó en una posición tan tierna que hasta me brotaron dos lágrimas en los ojos. No pude llorar más porque la perdí de vista envuelta en una nube de polvo. Cuando volvía para guardar mi letal arma en su rincón, me fui percatando de ciertos detalles en los que, doy fe, no había reparado durante los instantes que duró la feroz e histórica batalla. Detalles que paso a enumerar a modo de saldo de la antes mencionada confrontación:

* Una lámpara de pie, amputada.

* Dos jarroncitos decorativamente multiplicados.

* Una silla rota, es decir, otra, ya que por desgracia no coincidió con la que ya lo estaba.

* Un cuadro de Torres García desclavado, desmarcado y partido en cuatro, lo que le da un toque evolutivo hacia una tendencia des-constructivista, detalle que, supongo,hubiera aprobado Don Joaquín.

* Un títere de los que cuelgan en la repisa, decapitado.

* La escultura de cerámica de una gordita estilo Botero, increíblemente adelgazada.

* El jarrón tipo ánfora griega, partido en mil y no sé cuantos más trocitos.

* Tres almohadones totalmente desplumados.

* Un caballito de bronce que pastaba mansamente sobre el mueble del pasillo,sorpresivamente con más patas que nunca.

* El teléfono - contestador absolutamente desprogramado, con el agravante de que había un mensaje importantísimo para ti que, con el lío, se me olvidó.

* El mural de "La isla de Santa Catarina" convertida súbitamente en archipiélago.

* Tres papagayos de pico naranja, tipo Tucán, fugados del batik.

* Dos esculturas estéticamente reacondicionadas tipo Venus de Milo, o sea, sin brazos.

* Cinco librotes de economía roídos al pasar, uno de ellos, el que estudiabas.

* Una placa de columna vertebral con demasiadas vértebras.

* Tu estuche de pana muy suave, caído en el inodoro que justo estaba sin la tapa.

* Una esponja totalmente agujereada.

* Un cepillo de dientes sospechosamente usado por la bestia para quitarse los restos de esponja.

* El equipo de música descontrolado porque sin querer le apreté todas las teclas por lo que comenzó a rebobinar y adelantar las cintas de los cassettes con la bandeja de los discos entrando y saliendo sin cesar a la vez que emitía un ensordecedor sonido a todo volumen lo que provocó nuevamente la típica reacción conductista de golpear la pared en los, a estas alturas, hipersensibles vecinos.

* El tarro de la harina caído sobre la pileta de la cocina que estaba con agua lo que produjo una pegajosa masa de engrudo que, al secarse, obturó los caños y tapó la grasera.

Y, en fin, algún que otro detalle mínimo que a esta hora ni vale la pena mencionar y que mañana con más tiempo podrás comprobar exhaustivamente ya que recomiendo que te acuestes sin prender las luces, no sin antes pasar a comprobar el estado de tu deliciosa y encantadora mascotita que, por cierto, aún no sé como se llama.

No se si aprendí a escribir cartas, sólo sé que a ella no la volví a ver. Tiempo después me enteré que estaba por casarse y que al novio lo conoció redecorando el apartamento. Recuerdo que pensé que por algo pasan las cosas, qué el destino es puro azar o viceversa y sentí que tal vez yo era una especie de Celestina. Yo o el hamster.

Xabier

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Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas. Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. Este blog pertenece a Javier Zeballos, seudónimo, heterónimo, álias, apodo o vaya a saber qué de Xabier. Todos los textos son de su (mí) autoria salvo indicación al respecto. Cualquiera los puede reproducir si le interesan pero agradezco desde ya por citar la improcedente procedencia de quien los cede y que los precede en esta sede para que quede como se debe que no plagia quien quiere sino quien puede.
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