CIELOS
Informe verdaderamente falso desde Bagdad, vía Sydney, o crónica breve de la vida y la muerte en el país de las arenas.
Sydney
Cielo claro y algo nuboso con algunas precipitaciones aisladas y probables tormentas por la noche. Vientos moderados y algo fuertes desde el sureste. Veintidós grados de temperatura. No es el Weather Channel monitoreando ininterrumpidamente el estado del tiempo ni aquellas predicciones de antaño en las que algún meteorólogo afirmaba que haría frío tomando en cuenta el reuma que sentía en los huesos. Ahora existe una parafernalia tecnológica que va desde el simple barómetro colgado en la pared hasta satélites en órbita y sistemas computarizados capaces de predecir el huracán cuando parece estar gestándose en el casi imperceptible aleteo de esa mariposa al otro lado del mundo. Estoy mirando absorto las Sky News en wide screen, ese cinemascope televisivo, flat y en LCD, y veo a todo color el horror de Irak en vivo y en directo. Pero no el horror del ejército invasor que ataca sino el de los que dicen defenderla. Veo el humo de la bomba que acaba de explotar y el hormigueo de esa gente que se mueve, los que todavía pueden hacerlo, entre escombros y hierros retorcidos, para un lado y para otro en la pantalla, cómo las hormigas locas que miraba azorado cuando niño. Mientras presencio el caos en tiempo real, en el ángulo superior derecho me informan que está nevando en Vancouver, que está frío en Madrid, cálido en Johanoesburgo, lluvioso en Santiago de Chile, soleado en Adis Abeba, templado en Dakar y la lista sigue y sigue auscultando, como no podía ser menos en el Sky Channel, los cielos del mundo mientras nos muestran en directo el infierno en la tierra.
Cielo
Hablamos del cielo y miramos para arriba a esa bóveda celeste que no existe. Decimos que somos de la tierra pero solemos tener tan solo los pies sobre ella. En verdad estamos rodeados de cielo. Nuestro cuerpo está en el aire y respiramos cielo, un cielo que no está allá arriba, lejano, sideral, divino, sino aquí, bien pegado a esta tierra.
Tiempo
La televisión dedica cada vez más tiempo al tiempo. A hablar del estado del tiempo pero no de el tiempo. Esa acepción climática gana espacio y nos inunda de una jerga meteorológica pautada por la situación sinóptica y la sensación térmica. La reflexión filosófica sobre el tiempo puede esperar. De eso no se habla a menos que sea para imponer el propio y eterno discurso televisivo todo el tiempo, infinitamente. Tal vez para intentar olvidar a Kronos devorando a sus hijos, aquella perturbadora idea de la filosofía griega de que el tiempo va generando todas las cosas y devorándolas después. Solo hay que darle tiempo al tiempo.
Bagdad
No se dónde estoy ni cómo he llegado. Me rodea la inmensidad de una tierra arenosa y reseca. El verde casi no existe y el desierto lo domina todo. Solo unas montañas azules recortan a los lejos el horizonte y contrastan con un sol rojo que asciende lento por un cielo sin nubes. Hace mucho calor en estas tierras surcadas por los míticos Eufrates y Tigris. La mesopotamia donde, cuentan las leyendas, florecían los jardines colgantes de la antigua Babilonia. Pienso en la civilización Sumeria, en las ciudades-templo, en los palacios asirios, en el fértil valle de Ur, en el Código de Hammurabi, en el poema de Gilgamesh y en la escritura cuneiforme. Recuerdo la belleza esmaltada y polícroma de la Puerta de Ishtar, los bajorrelieves del Palacio de Nínive flanqueado por dos toros alados y me parece que veo el Zigurat con sus terrazas escalonadas y superpuestas culminando en el altar desde donde los antiguos sacerdotes miraban el firmamento.
Estrellas
-Ya no se ven las estrellas en la noche - me dice un hombre que carga a una niña en brazos y una bolsa para aprovisionarse de alimentos. Tiene la tez de ese color oliva tan peculiar, la mirada profunda y el bigote bien espeso. -Ya no se ven las estrellas en la noche- repite resignado - solo unas luces que vuelan y unos ruidos que estallan a lo lejos. La ciudad ya no es el gran bazar donde hormigueaban los transeúntes. Los pocos que hoy se arriesgan por las calles ya no están fumando, riendo ni bebiendo en los cafés. Sin embargo, hay cosas que no cambian. Como antes, las mujeres siguen atrapadas y escondidas tras el velo y sigue el miedo, siempre el miedo. Como antes a la mirada inquisidora de Sadam, amenazante desde las estatuas y los carteles de propaganda inmensos, sigue ahora el miedo a la guerra del ejército de ocupación de un fundamentalismo más occidental y cristiano pero no menos perverso. Sigue la dictadura de la imagen de esta guerra atrapada en el encuadre acotado de un pentágono y sus medios. Sigue la dictadura de los que se creen dueños del mundo sin entender que la única ley irrefutable de la historia es la caída, a su tiempo, a su debido tiempo, de todos los imperios y de todos los tiranos para que se puedan volver a ver las estrellas en el cielo.
Xabier
* Publicado en mi columna de El Diario Español de Sydney, Australia el 10 de mayo de 2005.

Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.

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28 Agosto 2006 | 10:32 PM