prueba
123 probando...
Palabras despalabradas, sentidos sin sentido, imágenes inimaginadas y todo lo que usted no quería saber pero se atrevió a preguntar...
4 Julio 2008
123 probando...
30 Junio 2006
"Solo el misterio nos hace vivir,
solo el misterio."
Federico García Lorca
La esquina estaba desierta hasta que el hombre la atravesó en diagonal hacia donde estábamos sentados. Alguien había pateado la pelota hacia la calle y él la paró bajo la suela. Amagó a pegarle un latigazo de derecha pero la levantó con una pisada seguida de una cucharita con la zurda. Le dio varios toques de cabeza que se ganaron nuestro asombro hasta se acercó trayéndola, a lo Obdulio, bajo el brazo. No era del barrio pero a fuerza de pasar cada tanto se había vuelto una silueta conocida, uno más de esos que pasan rumbo o de regreso de algún lado.
Los sopores del verano nos encontraban en la playa, a media hora de ómnibus de aquel barrio no lejos del centro, pero aquella tarde plomiza habíamos resuelto gastarla jugando al fútbol en la calle. Todavía éramos pocos a esa hora, solo los de la cuadra. Esperábamos la llegada puntual de otros amigos para iniciar el picado a dos paños, incluyendo las veredas, sobre el hormigón vaporoso y húmedo surcado por arterias de alquitrán que hacían las veces de líneas de la cancha. Los arcos eran dos cascotes bien rupestres cuya imaginaria proyección vertical acarreaba no pocas disputas. Fue gol, gritaba uno. ¡No! retrucaba otro. Pasó por arriba del palo y el que la tira, la va a buscar.
Él se acercó despacio y comenzó a hablar de lo bien que jugábamos. Hizo indicaciones sobre algunas características personales, muchos halagos y alguna crítica, que demostraba habernos vichado más de una vez. Tendría unos cuarenta años. Petiso y algo pelado, cargaba una panza que ya había dejado de ser incipiente y circunstancial para transformarse en estructural e irrevocable. Aún así, cuando tomaba la pelota conservaba esos gestos típicos que denotan resabios de buen juego, poses y maneras de jugador experto. Nos pidió que la domináramos mientras corregía la postura del pie de apoyo y nos enseñaba a entrarle al balón con el empeine, haciéndolo girar en el aire siempre hacia el cuerpo. Nosotros teníamos cierta experiencia a costa de darle y darle todo el santo día con aquellas pelotas azules de goma. Con las de plástico ya era otro cantar, sobre todo cuando aún estaban sin pincharse.
Al rato habían llegado los demás pero estábamos encantados con las enseñanzas de aquel hombre. No sabíamos su nombre, por lo que le decíamos Don. Oiga Don o mire Don. Don para aquí, Don para allá y parecía que no le molestaba aquella suerte de clandestino anonimato. Lo cierto es que aquella tarde, el ritual del partido se aplazó debido a la charla de aquel tipo que nos tenía fascinados. Algunos vecinos, agradecidos de poder dormir la siesta en paz, aprovechaban el momento como una restauradora bendición del cielo.
Nuestra vida cotidiana se centraba en jugar a la pelota en una calle en los aledaños de la vieja Escuela Militar transformada súbitamente en Comando General del Ejército y de las Fuerzas Conjuntas. La paz, algo sepulcral de aquellas tardes, solo era alterada por el tránsito de vehículos militares que, años después, supimos que no era un exclusivo privilegio barrial. Corría enero del setenta y cinco y aún no se acallaban los ecos del mundial. De nuestra derrota con la naranja mecánica y la victoria del equipo alemán. En los boliches se despotricaba contra los repatriados y sólo se hablaba de disciplina, dinámica y fútbol total. Aquel hombre admiraba la reacción de Europa para contrarrestar la maravilla del Brasil de los 60' y las virtudes del fútbol rioplatense, en especial el Oriental, pero agregaba con particular énfasis...
...Si la pureza de la raza simbolizada en la garra charrua pierde contra los Holandeses ¿Qué hacer? ¿Ponernos a construir molinos, ganarle tierra al mar y plantar tulipanes? ¡No hay que copiar, no hay que copiar! Hay que pensar con cabeza propia. Incorporar lo bueno pero desarrollar lo mejor de nuestro fobal. Recuperar el afecto por lo cercano en vez de seducirnos con el romanticismo de lo remoto, enfermedad que ya es tiempo de extirpar. Jugar, jugar y jugar. El fútbol no es un malentendido por el cual veintidós tipos corren tras un balón. Es asunto de doctrina, de doctrina y de pasión. El fútbol es cultura, liturgia, teatro, danza, poesía, arte del encantamiento que mostrando lo visible oculta lo invisible, que mostrando lo ficticio oculta lo real. Es magia, mística y ritual. Al fútbol se lo vive con todo, con la cabeza y el corazón, con los pies, con la cintura, el taco. Es correr con gracia y picardía tras la pelota como intentando atrapar el sol. Es un diálogo, un coloquio, un chamuyo con los dioses o con el alma de cada quien y cada cual.
Hay que reconocer que el tipo tenía carisma, un no sé qué o qué sé yo, algo de mago, de prestidigitador o de profeta. Y el fútbol es también poder, sentenció. El fútbol es el más hermoso juego que haya concebido el hombre. Es la más perfecta introducción del individuo en la lección humana de la vida cooperativista. Como decía Panzeri, parafraseando a Sartre, dijo mirando para arriba y haciendo como que escribía en el aire "El fútbol es también un humanismo"
Y me atrevo a señalar, continuó, un total paralelismo entre la decadencia de la sociedad moderna y el fútbol. A desnudar los vínculos entre la alienación del progreso y la extinción paulatina del jugador despreocupado y altruista, entre el tan manido profesionalismo y la presencia del jugador egoísta y angustiado. La deshumanización del hombre es tan brutal que los últimos restos que le quedan de verdadera humanidad se presentan en el niño, fustigó. Pero ustedes también están amenazados, se apresuró a decir meneando la cabeza. Por eso es necesario preservar los valores infantiles, contraatacó de nuevo recobrando la postura combativa. Hoy se vive un proceso complejo en el que los avances tienen efectos colaterales negativos, y ejemplificó: Los padres son mejores que los de antes pero esa mayor dulzura casera daña al fútbol. La represión paterna incentiva la travesura. El fútbol necesita de botijas atorrantes y pícaros, en vez del respetuoso hijo del colegio, tan adecuado al orden hogareño. Me temo que el buen jugar es fruto de cierta miseria y del bandidaje infantil, sentenció con un tono nostálgico. Heme aquí, en alguna medida, lamentando el progreso, ¡sí señor! Pero no todo está perdido, aclaró aferrándose a sus convicciones y enarbolando un romanticismo, sin el cual, sostuvo, hasta el profesionalismo muere.
La transformación del juego en deporte y su concepción funcionalista es un concepto burgués. El juego es fiesta y embriaguez y también protesta, rebeldía, posibilidad para lo absurdo, lo imprevisto, locura e insensatez. Cada tipo de fútbol es producto del medio porque el hombre es hijo de su suelo, de su aire y de las mezclas que se dan en el. Del indio pampa, del gaucho indomable, del churrasco, el mate, el tango y la milonga, el gaita, el tano cocoliche, el turco mentiroso y el judío amarrete. No somos tan administrativos como los de otras tierras donde la vida es más difícil, de ahí nuestra tendencia al riesgo, a la gambeta, al adorno, al firulete zumbón como decía el genial Borocotó, dijo haciendo como que se sacaba el sombrero en señal de admiración. Pero cuidadito, se replicó a sí mismo. Mucho cuidado con la confusión. El fanatismo y la idolatría del patrioterismo olvida que aquello que se pretende autóctono y local, si bien tampoco es ajeno, es en verdad internacional como enseñó Don Ondino. La garra charrua es verdadera, aseveró, pero es falsa como monopolio del coraje de los que no tienen miedo al ponerla para trancar. La cuestión es entre dos escuelas, entre la pedagogía de la rigidez y la de la libertad, afirmó con aire doctoral. La escuela europea se transmitió desde los colegios ingleses que modelaron su reglamentación, decía mientras realizaba ademanes imperativos combinados con gesto adusto y mirada patriarcal. Se basó en un aprendizaje tradicional por medio de la imposición/subordinación. Por una disciplina coercitiva impuesta desde afuera hacia adentro, generando automatismo, sí, pero por acatamiento y sumisión. La escuela nueva estimuló la autonomía, la iniciativa, la motivación en vez de la obligación. La priorización de lo espontáneo en vez de la simple y mecánica repetición. El culto supremo a la improvisación. Ahora bien, moduló con tono hipercrítico y didáctico esgrimiendo el dedo índice con ademán acusador. Esa cultura nuestra del dominio, del amague y el dribleo que creció en los campitos, en los potreros y terrenos al borde del ferrocarril, no es el fruto del obsequio de alguna providencia generosa sino de la elaboración paulatina de una pedagogía hecha en nuestro multifacético crisol de mixturas y síntesis que, en el fondo, tienen alcance universal. La calidad de nuestros cracks no viene de una facultad sobrenatural como tampoco la viveza criolla es una propiedad nacional. ¡Por favor! exclamaba, esos dones que se pretenden exclusivos pueden reivindicarse en muchos lados y aparecer bajo otras formas. De hecho, afirmó, están en Francia y sus ciclistas o en la lejana China con sus especialistas en ping - pong. Faltaba más!
Había agarrado viento en la camiseta y hablaba de la dialéctica de la relación entre técnica, táctica, preparación física y mental. De sus diferentes pesos específicos en cada etapa de la historia del fútbol, en las de cada campeonato y hasta en las de cada partido en particular. Ser atletas, claro que sí, pero a condición de ponderar la técnica como virtud esencial, afirmaba mientras hacía gestos de fintas y remates. Motricidad fina, exigía, fuerza, potencia, sí, resistencia, también pero... elasticidad, coordinación, cambios de ritmo, muchachos, y no sólo velocida!
Y, por supuesto, estilo, repetía, estilo, estilo y erguía el cuerpo haciendo como que jugaba con cabecita levantaba mientras llevaba el balón. Pierna fuerte, gritaba, pero galera y bastón. La garra no es sólo trancar y trancar sino también meter un caño, una jopeada, una pisada y saber mandarla a guardar al rincón de las arañas. URUGUAYOS CAMPEONES... entonaba con esa inclinación simétrica de boca y cadera tan murguera. VAYAN PELANDO LAS CHAUCHAS, VAYAN PELANDO LAS CHAUCHAS cantaba dando saltitos al mejor estilo del Tito Pastrana en la Milonga Nacional.
Había que verlo y oírlo. Pensar con criterio propio, ser autocríticos, ahora más que nunca en estas horas difíciles donde campea tanto mito chauvinista y tanto materialismo vulgar, decía mientras bajaba la voz y miraba nervioso en todas direcciones. Predijo legiones de fanáticos del culto a la preparación física y de la orden del correr y correr. No le gustaba la nostalgia, anclada en el mito paralizante, prevenía, pero cada tanto tiraba algún nombre glorioso como ejemplo a no olvidar. La cara se le iluminaba y llenaba de buen fútbol pero en los ojos, en los ojos se le piantaba un lagrimón. Manicera… decía, un gentleman. El cotorra Miguez… un artista. Ciengramos… un exquisito. Schiafino… ¡Uy! suspiraba, aunque el hermano era mejor, sentenciaba con un lapidario gesto de la mano en diagonal a la boca Pero...quesheevashé... no le gustaba entrenar.
El fútbol es espectáculo o no será nada, profetizaba. La TV cambiará la manera de ver y de jugar. Será difícil pero a la larga se impondrá un fútbol "Made in internacional" más rápido, con más toque pero menos chispa. Será todo más parejo pero, aún así, desembocará en que serán los maestros de la técnica los que desnivelarán. La cuestión es entre revolución o dependencia, gritaba en un ataque de exaltación. Si nos volvemos del todo dependientes y subordinados a exportar cada vez más jóvenes talentos o si implantamos una verdadera política nacional, si construimos un proyecto de país futbolístico sobre una base participativa y popular. Hay que ampliar la base de la pirámide, explicaba rayando con un pedazo de piedra de ladrillo en el piso. Cuanto más ancha debajo, mayor será el ángulo del vértice y más grande el triángulo de los jugadores de alta calidad, ¡ Ta' clavao! concluyó.
La sociedad cambia, las costumbres cambian. Ya no se juega como antes en la ciudad, ya no hay espacios libres, ya no hay tiempo. El campo es una reserva pero no se aprende igual que en el picado de la calle con las paredes en el cordón y las moñas de zaguán. Hay que jugar, decía, hay que jugar, rescatar lo lúdico, el entretenimiento, el goce como motivación central, romper esquemas, derribar dogmas, revolucionar, revolucionar, revolucionar...
Aquella palabra quedó reverberando en el aire. Nosotros lo escuchábamos religiosamente en silencio y sin pestañear, sin entender mucho o nada de aquel discurso que, tal vez, alguno fuera capaz de recrear. Al final comenzó a hablar de organización. Fundamentó la importancia de sistematizar aquellos saberes innatos y todos los adquiridos en las miles de horas de juego que, a pesar de nuestros pocos años, llevábamos encima o adentro, en nuestra memoria futbolística o poética, como a él le gustaba decir. Esa que se despliega a la hora de acomodar la pierna para un enganche o una pisada, al colocar el pie para darle con cara externa el efecto justo que se transforme en la comba exacta que la lleve al ángulo para besar la red. En la manera de matarla con el pecho o de acomodar el cuerpo en el aire para cabecearla con el parietal al otro palo agarrando al golero a contrapié.
El jugador nace y se hace, argumentaba, por eso, si pretendemos triunfar debemos ser un bloque, un solo puño, todos juntos, una unidad que potencie lo colectivo sin anular la capacidad individual. Debemos crear una organización de nuevo tipo. Dar un salto cualitativo fundamental. Sembrar el germen del nuevo sistema. El Jugador Nuevo. El embrión del futuro que habremos de conquistar. Así fue que lanzó, subido a un cajoncito del puesto de la esquina, una idea genial: Fundar un club de fútbol sin igual...
Entonces nos contó la leyenda del RÁPIDO TORTUGA, un equipo repleto de títulos y hazañas capaz de vencer al mejor rival. Demás está decir que quedamos impresionados por aquel cuadro maravilloso cuyo nombre no habíamos escuchado jamás. Cuando nos propuso refundarlo y salir a pintar su nombre en las paredes, sentimos un orgullo que se podría comparar con el que, aún hoy, los jugadores dicen sentir por vestir la casaca celeste en un torneo internacional. Se fue con la promesa de volver con las camisetas, rojas recalcó, como las de la victoria de Santa Beatriz, que conservaba de la época gloriosa junto a una pelota "cinco aros" y oficial, autografiada por los jugadores que habían pasado por el cuadro. Compañeros que dieron su vida y que dejaron una huella inmortal, dijo con un hilito de voz quebrada hasta que la emoción la trocó en silencio, en una especial y única manera de callar.
No volvió. No sólo no trajo las camisetas ni la pelota sino que jamás volvió a pasar. Estaba loco, dijeron algunos. Era un mentiroso, un demagogo, un voluntarista, afirmaron otros. Lo cierto es que desapareció. Es verdad que nos dejó una bronca y frustración enormes que buen tiempo nos llevó olvidar, pero también nos dejó algo, no sé, quiero decir, una esperanza, una utopía, un sueño. Al principio no lo supe, aunque, por años, siempre fuera yo el que reflotaba el recuerdo de aquel equipo fantasmal que estuvimos a punto de integrar. La barra de amigos se fue disolviendo con los años. Atrás quedó la infancia, la adolescencia y, ya en la juventud, se impusieron mudanzas, estudios, trabajos, militancias, viajes, novias, casamientos y un largo etcétera que sé que se mezcla con los hechos de la vida cotidiana del Uruguay posdictatorial. No le daba más importancia que la de ser un recuerdo que me transportaba a un espacio y tiempo míticos a los que ya no era capaz de retornar.
El nombre de aquel club no podía ser más extraño. RÁPIDO TORTUGA implicaba una contradicción antinómica que no se resolvía por medio de fábulas ni con apelaciones a una suerte de aseveración imperativa hacia ese animalito esencialmente lento y pachorrón. Era obvio que no habría jamás un club con ese nombre, lo que reforzaba aquella primaria sensación de pertenencia a una elite. Por ello mi sorpresa fue mayor cuando en un país lejano escuché, entre niños que jugaban en un parque, el nombre RÁPIDO TORTUGA dicho así, como al pasar. Supongo que el más puro racionalismo se impuso, no sin miedo por la amenaza, ante la sola pronunciación de aquel nombre que yo creía tener en propiedad. La sorpresa fue trocando en pánico al encontrar en distintos lugares y culturas, alusiones a ese equipo. Luego fue asombro, perplejidad, después misterio, un misterio insondable que me llegaría a apasionar.
Han pasado muchos años desde aquel niño hasta el que soy. Pasó la vida. Amores, dolores, partidas y regresos, idas y venidas. Poco a poco también me fui convirtiendo, sin saberlo, en caminante. En uno de esos que pasan cada tanto por las mismas calles camino de su casa, del trabajo, yendo o viniendo de algún lado. Así andaba por una calle por la que suelo caminar cuando encontré niños jugando como yo solía jugar. La pelota rebotó y la paré con el pecho. Cuando cayó muerta junto al pie, algo se apoderó de mí. Engañé a todos con un amague y la levanté. La pasé de un pie a otro, a las rodillas, a los muslos, a la cabeza y, de ahí, vuelta al pie que la recibió como un guante. Otra vez al aire girando y volviéndola a lanzar para hacerla eterna novia del empeine y de nuevo a empezar. Parecía que se iba para siempre y vuelta de nuevo mansa y dormida a su lugar. De allí a la nuca, a dejarla rodar por la espalda para, de taco, lanzarla al cielo insinuando una bolea magistral que se disipó bajo la suela, al apretarla fuerte contra el piso como, dicen, hacía El Mariscal. El final fue con reverencia y todo ante el aplauso cerrado que inmediatamente coseché. Al incorporarme tenía un enjambre de gurises rodeándome asombrados, pidiendo el bis. Realicé de nuevo los malabarismos dejándolos boquiabiertos y convencidos de que aquello no era un golpe de suerte casual. Cuando me preguntaron dónde había jugado me salió, sin querer, el nombre RÁPIDO TORTUGA. El resto lo pueden imaginar
Después de una larga charla me fui con la promesa de volver con las camisetas de aquel equipo sin igual y la famosa pelota "cinco aros" oficial. Al irme, volví la vista atrás. Todos hablaban al mismo tiempo disputándose números y posiciones en el cuadro que pensaban integrar. Todos menos uno. El más chiquito y flaquito me miraba con los mismos ojos del niño que un día fui. Así comprendí el misterio. Me marché en silencio desandando la calle que jamás volví a pisar. Tras mis pasos la leyenda del RÁPIDO TORTUGA tenía su heredero. La pelota se hechaba de nuevo a rodar.
Javier Zeballos
* Dedicado a:
...Don Hortensio Tavares, fundador, aguatero, presidente equipier, técnico, delegado, alcanzapelotas, canchero y mucho más del Santa Beatriz, el cuadrito de Baby Futbol de mi barrio en Montevideo, en el que jugué entre los 5 y los 12 años junto a, entre muchos otros: Aldo, Hugo, Marcos, Coco, Andres, Juancito, Fernando. La camiseta era roja con una sola franja blanca vertical.
...Lázaro. Periodista argentino, algunas de cuyas ideas robé para darle color al personaje de éste cuento.
... y al tipo aquel que efectivamente pasó una tarde por nuestra calle prometiendo volver con las camisetas y una pelota de cuero que aún hoy estamos esperando.
Xabier, mayor de edad, de estado civil y mental confuso. Escorpiano de signo zodiacal y dragón en el horóscopo chino. Nacido de parto natural en la muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago. Residente en donde dios mismo y en persona ha decidido que resida en companía de papeles, libros, fotos, arañas, moscas y mosquitos y demás elementos auxiliares de las casas. Soñador empedernido, nostálgico del futuro, extranjero aquí y en todas partes, dueño de nada ni de nadie, paridor de monstruos infernales y de causas justas por las dudas.

| RelojesWebEspana! |
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):