Categoría: Pre-textos
27 Febrero 2007
"... el que siga buen camino tendrá sillas
peligrosas que lo inviten a parar
pero vale la canción buena tormenta
y la companía vale soledad
siempre vale la agonía de la prisa
aunque se llene de sillas la verdad."
Silvio Rodríguez
No todos los caminos son caminos. Algunos son atajos nomás. Otros, callejones sin salida. Billetes solo de ida que se parecen a huída sin regreso jamás. Y estan los caminos que no llevan a ninguna parte. Los que más hablan del camino suelen ser aquellos que se quedan inmóviles. Los que más sueñan con la quietud suelen ser los que salen solo a caminar. Hay los que creen que se hace camino al andar y hay los que creen que el andar es el camino. Los que creen en el destino y los que creen que todo es azar. La épica de los caminantes muchas veces fue escrita por quienes casi no salieron de su lugar y la épica de un no lugar, perfécto y utópico, a menudo fue el tópico de los que pretendieron eternamente andar sin parar. Estaban los que creían que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y están los que jamás dan vuelta una esquina por miedo que esté la revolución. Estan los que no creen en nada y ningún lado les hace dar vuelta y están los que están de vuelta de todo sin haber ido a ningún lado. Y suelen estar los de al lado, que te dejan ladeado si hay lodo, pero también los amantes amados que caminan a tu lado juntos codo con codo
Xabier
servido por Javier
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24 Febrero 2007
"Frente a los irrelexivos que nunca dudan
están los reflexivos que jamás actúan"
Bertold Brecht
Se había propuesto adelantarse a todos sus actos. Al principio no obtenía muchos resultados pero al menos llegaba puntual, incluso un poco antes, a todas sus citas. Luchaba por imponerse contra la justificación banal de hacer las cosas sin pensar, algo que lo llevó a tener que pensar mucho. Sin embargo, se fue dando cuenta de que, para realmente adelantarse a sus actos, debía adelantarse a sus pensamientos. Eso no le dejaba mucho margen por lo que terminó sacándose ventaja a si mismo sin tener tiempo para poder pensarlo demasiado. Así, su vida se convirtió en una suma de hechos actuados sin la menor idea al respecto, con causas desconocidas y efectos impredecibles que no podía siquiera justificar, y menos explicar, hasta que un día se sentó a pensarlo un poco. De ahí en más llegaba tarde a todos lados pero con una idea perfectamente clara de lo que hubiera hecho de llegar a tiempo. Los demás le reconocían su increible capacidad analítica pero empezaron a dejar de verlo por su puntual impuntualidad. Murió pensando en las cosas que jamás iba a realizar.
Xabier
servido por Javier
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23 Febrero 2007
Había una vez un escritor. Escribía, no para explicar sino para entender, pero quería ser capaz de expresar en metáforas sus más sentidos sentimientos e ideas. Apasionado en la tarea, buscaba la exacata comunicación con sus lectores. Sin embargo, estos imaginaban múltiples interpretaciones. Las metóforas encontradas desbordaban las metáforas pensadas. Aparecían nuevas interpretaciones sobre las ya interpretadas en una catarata polisémica imparable. No solo sucedía con cada nuevo lector, sino con cada lector que volvía a leer un texto. La imaginación de los lectores era tan vasta y diversa que no tenía límites. A menudo, con interpretaciones que incluso eran contradictorias con el sentido original. Cada contexto histórico y cada peripecia individual producían una nueva mirada viva sobre la letra muerta de aquellas palabras escritas de una vez y para siempre. El libro es libre.
Xabier
servido por Javier
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22 Febrero 2007
La percecpción del tiempo parece omnipresente en la vida moderna. Así como el desplazamiento de la sombra en el reloj solar, la caída de los granos en el de arena, el movimiento de un extremo a otro en el de péndulo o la traslación espacial de las agujas sobre la mal llamada esfera del reloj, (en realidad un plano circular) o los dígitos titilantes sucediéndose las 24 horas nos persiguen constantemente y aparecen en la computadora, en el televisor, el el horno microhondas, en el counter del video y los llevamos en la muñeca.
Hay relojes que se cargan con nuestro pulso pero más bien es al revés y todo lo que hacemos parece estar marcado por ritmo de esos numeritos que caen uno tras otro o se metamorfosean cíclicamente y fueron el paradigma del avance tecnológico en las películas de ciencia ficción de clase B de hace unas décadas. Hoy estan en todos lados y en las grandes ciudades pautan el campo visual en las pantallas cada vez más omnipresentes. Recuerdo con un dejo de nostalgia los antiguos relojes de las plazas de Montevideo eternamente parados en sus horas muertas, empeñados en dar las siete menos cuarto a todas horas o como aquella canción de Jaime Roos en la que siempre son las cuatro.
Cuentan que en el espacio exterior hay un satélite que porta un reloj atómico con una precisión casi perfecta y que solo atrasa una millonésima de segundo por hora. Paradojalmente, nuestro impresionante avance tcnologico en la carrera por medir el tiempo no puede dejar de apreciar que aquellos rotos relojes de antaño, perdidos en sus horas muertas, eran más exactos, en su quietud inmutable, que todos los relojes digitales y atómicos que tratan de expresar el tiempo. Curiosamente, un reloj roto con sus agujas ancladas para siempre, al menos da la hora exacta dos veces al día. Por ejemplo, supongamos que se halla parado en las ocho y quince. Al menos dos veces al día, serán efectivamente las ocho y quince y ese reloj muerto vivirá por un segundo para contarlo. En cambio, todos los otros relojes del mundo adelantan o atrasan algo y van delante o detrás del tiempo sin dar la hora exacta jamás.
Xabier
servido por Javier
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17 Febrero 2007

Desde tiempos inmemoriales los seres humanos la vienen buscando. Algunos, tratan de simplificar sus objetivos y exhibiendo una dosis de pragmatismo nada desdeñable, solo hablan de la llave. El pragmatismo tiene sus contras, se sabe, porque a la hora de buscar, parece más fácil de encontrar una puerta que una llave, que siempre será más pequeña que la puerta que debe abrir.
De qué sirve encontrar la puerta si no se tiene la llave para abrirla, se preguntarán a coro algunos con alma de cerrajeros. De qué sirve tener la llave si no encontramos la puerta, replicarán otros no menos acertados, con alma de carpinteros o intereses en alguna empresa especializada en la fabricación de aberturas. Hay que reconocer que no es lo mismo andar errante por el mundo con una llave en el bolsillo que cargando una puerta en la espalda, con picaporte y todo.
Cuenta una leyenda que en un reino perdido, el poderoso de turno dio la orden de que todos sus súbditos salieran a encontrar la puerta de la felicidad. No repartió llaves ni aclaró cómo sería esa puerta. El decreto fue acatado por todos. Nadie volvió. El mandamás se quedó solo. Pronto murió. Es bien sabido que los que mandan, solos, no son nada. Pero en ese breve período de agonía en el que no tenía a quien mandar, lo asaltaron no pocas dudas. ¿Nadie había vuelto porque ninguno encontró la felicidad o porque la habían hallado?
Desde entonces, los poderosos se cuidan muy bien de dar tales órdenes. No es que escondan la idea de la felicidad. Por el contrario, exhiben la suya y tratan de imponerla. Desde entonces, dedican ingentes esfuerzos en prefigurar y difundir seductoras puertas falsas, como así también repartir llaves que solo abren, para algunos, esas puertas de fantasía que no llevan a ningún lado. Ellos no tienen la llave ni conocen la puerta, pero no estan dispuestos a permitir que otros la encuentren.
Algunos, muchos, entran en ese juego convencidos de que cada puerta que abren es la verdadera felicidad. Unos se conforman con la primera que encuentran y allí se quedan. Algunos se desaniman y desilucionan pronto. Otros solo creen en la cantidad de puertas que son capaces de abrir una tras otra. Suelen ser los más atrapados en el juego. Estan convencidos de la veracidad de las puertas aunque lleguen a matar por una llave. Esos siempre vuelven porque nunca fueron a ninguna parte. Ni siquiera sospechan que las sucesivas puertas que van abriendo estan construidas en un espiral en torno al trono. Un espiral cerrado, sin salida. Casi ninguno lo descubre y cuando lo hace, ya es tarde.
Otros, en cambio, creen que puede haber tantas llaves y puertas como seres existen, pero que la única llave de la felicidad es la que uno mismo hace y construye pacientemente junto a otros con la sospecha de que no hay tal puerta, que a la felicidad no se entra, porque cuando es bien vivida, de ella no se sale.
Xabier
(de Pre-textos)
servido por Javier
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15 Febrero 2007
El problema con la teoría es que también es un problema práctico y viceversa.
Xabier
Continuará... si logro plasmar en la práctica algunos rudimentos teóricos que mi teoría no me permite poner en práctica.
servido por Javier
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14 Febrero 2007
Había una vez un amante enamorado del amor. Dispuesto a encenderse en cada llama de ese fuego sagrado, comprendió, poco a poco, que el amor exige una dosis de talento difícil de alcanzar. Tal vez, destinado solo a unos pocos y selectos elegidos o elegibles. Siendo, o creyendo ser de cuando en vez, uno de esos privilegiados, aprendió también que el desamor exige mucho más. El amor sucede. El desamor procede.
Existen las separaciones, con toda su gama de peleas, reconciliaciones, divorcios y rupturas definitivas. A veces ocurre aunque la pareja se mantenga. Es su estadio más peligroso, como un iceberg de fondo oculto bajo el a-mar. Un amar que desnuda ese prefijo negador.
El desamor es otra cosa. Aunque suene extraño y paradógico, implica un trabajo de construcción. Un delicado y frágil proceso de elaboración que no puede ser entendido solo como desarme o destrucción. También es una creación. Lo único que no existe es el olvido. Por eso el desamor no lo incluye aunque no pueda excluirlo. No se reduce al el. Tampoco lo necesita. A lo sumo, lo busca. Probablemente sin encontrarlo. Quizas, alcanzándolo de a ratos, por instantes.
Como siempre, las conclusiones suelen ser opuestas y antinómicas. El romanticismo vulgar ha traficado un elogio del amor pretendiendo ocultar su contracara. También hay románticos empedernidos que afirman que el desamor es una forma de amar, de seguir amando cuando ya no se ama. Ello instala el desafío de saber dónde está su límite. Esa línea divisoria que marca un antes y un después. Que delimita un territorio desde el que ya no hay vuelta a atrás. Esa frontera donde mueren las palabras. Ese punto, este, tan difícil de cruzar.
Hay quienes creen en una fórmula, la que enuncia que un amor se olvida con otro amor. Otros objetan que esa fórmula, aunque saludable, necesaria y presumiblemente efectiva y afectiva, es la negación del desamor y, a menudo, del amor mismo. Algunos se refugian en un amor puro del pasado. Otros en un amor puro del futuro. Unos esperan el regreso del primero, otros la superación constante con el último o con el siguiente que vendrá. Algunos piensan que nunca se debe cambiar lo cierto por lo dudoso. Otros, que lo único dudoso es lo cierto. Hay quienes sospechan que lo único cierto es la eterna duda del amor. Que el desafío es amar dudando de su certeza. Y hay quien cree que lo único cierto es la belleza de la duda de lo in-cierto. Que el amor es eso. Todo eso y más.
Xabier
servido por Javier
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12 Febrero 2007
Un escritor deseaba escribir un libro perfecto. Había leído que autores famosos recomendaban guardar en un cajón los textos para dejarlos reposar un día y después leerlos nuevamente. Así lo hacía y corregía palabra por palabra. Siempre encontraba algo. A veces cambiaba casi todo. En otras, solo algunos párrafos. Otras veces solo hacía pequeñas modificaciones de sintaxis o, como mínimo, alteraba los signos de puntuación. Una coma más allá o acá, un punto y coma donde no lo había o un punto y seguido que se volvía punto y aparte. Jamás dejaba el texto igual que cuando lo escribía el día anterior. Aquellos manuscritos iban adquiriendo una forma cada vez más acabada, precisa y preciosa. El libro no lo terminaba nunca.
Algunos recomiendan el trabajo implacable del artista en su obra en busca de la perfección pero no suelen tomarse el trabajo de escribir una. Otros fundamentan la escritura automática apegada a las visiones más oníricas e incontaminadas por la razón, una idea que exige no poca dosis de razonamiento. Los hay quienes defienden el sentido profundo de las palabras y aquellos que alaban la literatura pasatista, liviana, ligera, de verano, para leer en el bus, en la cola o en la sala de espera.
Otros afirman que el libro perfecto no existe ni existirá nunca. Que el verdadero artista crea al margen de la obra maestra que, no sin esfuerzo y fruto de una suma de fenómenos, incluso casuales y a menudo ajenos, se va formando en torno a lo creado. A esa materialidad o virtualidad simple de la concatenación de palabras, sílabas y letras que con viejos elementos, lo reinventa todo, mucho poco o nada. Y que conviene escribir, como dijo un poeta "oscuro el borrador, el verso claro" y darse por entero en cada palabra. La historia, incluida la de la literatura, siempre la escriben otros y allá ellos. No hay peor libro que el que nunca se termina.
Xabier
(de Pre-textos)
PD: Pre-textos es el título, aunque está sujeto a un eventual cambio de último momento, de un libro en preparación que aún se mantiene inédito y en fase de corrección desde hace algunas décadas.
PD2: Este texto no ha sido debidamente corregido pues su correción, si bien ha cumplido con la primer fase del precepto arriba mencionado, el autor considera que aún podría cambiar algo en aras de una perfección, a ojos vista, no encontrada.
servido por Javier
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