Ayer anduve por los alrededores de la pequeña Bahía de Darling Harbour, una antigua zona de galpones y depósitos del puerto reciclada totalmente y transformada en el lugar turístico por excelencia de Sydney. Recostada a pocas calles de la city, concentrá restaurantes, bares, pubs, discotecas, hoteles que rodean la pequeña ensenada atravezada por el Pirmont Bridge. En la quietud de una noche cálida, una suave brisa ondulaba las mansas aguas y solo el bullicio de la gente y la música me distraían. Estaba en la despedida de dos amigas. Karla, mexicana que se va a Vancouver, Canadá, por algunos meses y Hatice, turca que andará en un periplo por Holanda y su Turquía, aunque ella supo nacer y vivir hasta los 10 años en Bulgaria, precisamente en los tiempos en los que yo andaba por allá.
Pero no quería contarles esto, sino que en un momento, mirando esa lengua de agua que se adentra a los pies de la ciudad, recordé súbitamente una noche junto al río en Colonia del Sacramento, en mi país, Uruguay y me vino de golpe el pequeño texto que escribí aquella vez...
La luna
borda un camino de plata
sobre el río
que suspira hondo
por las callecitas
de piedra y tiempo
mientras los tenues farolitos
apenas le roban sombras
a la noche.

Aquí les dejo algunas fotos de la pequeña ciudad de colonia, fundada por los portugueses en 1680 sobre el Río de la Plata. Algún día les contaré más. También les debo las fotos de Darling Harbour.






Aclaro que éstas fotos no las tomé yo.
Xabier
servido por Javier
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Caminamos por la veredita del río. Adelante, la burrita se sabe de memoria el camino. Detrás va Gregorio y a pocos pasos, yo. Llevamos más de tres horas de marcha a pura charla, sube que te sube y baja que te baja por los cerros. A Gregorio lo encontré camino de Bermejo, un caserío, apenas, en la ruta a Samaipata. Él va para Volcanes, al refugio situado al sur del Parque Amboró.
Las sierras de casi mil doscientos metros de altura son montañas areniscas con crestas incontables de extraordinaria belleza. Un verde raleado las cubre dejando entrever la roca veteada de rojos, terracotas, ocres y blancos. La vegetación es de monte tupido con cierto aire tropical que le dan unas palmeras. Cada tanto veo flores de un violeta azulado o de un naranja encendido, son como manchas, pinceladas de color sobre la gama infinita de los verdes.

Hace mucho calor, la temperatura debe rondar los treinta grados, el cielo está algo nublado y una suave brisa me aplaca el sudor. Hemos vadeado el Río Colorado y su afluente, el Agua Clara, ya no se cuantas veces. Ahora trepamos por un desfiladero. Una pared de roca se eleva inmensa junto a mí y ni siquiera veo su altura. Gregorio me habla de la tierra, La Pachamama. Me cuenta de una ecología no recién nacida sino la que le viene de la historia de sus ancestros milenarios. Habla de los bosques, de los montes, de los árboles como quien habla de hermanos. Me entran ganas hasta de saludarlos.
Camino descalzo, siento la tierra roja y húmeda hundiéndose bajo mis pies, las puntas de las piedras, la suavidad del arenal del río. Hay seca, dice Gregorio, desde hace meses que no llueve pero hoy habrá milagro. Me cuenta que cuando la montaña no conoce a quien la anda, se estremece en sus entrañas, silva el viento en las ramas, caracolea el agua en las piedras, cantan los pájaros, chillan el Gallito de la roca y la Paraba, ruge el puma del monte. Hoy lloverá por ti y habrá milagro. La montaña te observa, siente tus latidos, huele tu olor, escucha tus suspiros y si eres bueno, habrá milagro. Yo lo escucho, la escucho y callo. Pienso en Omar, en Nicaragua escribiendo La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde. Cierro los ojos y recuerdo la inmensidad de los Balcanes ante mí y el Kaval soplando en los bosques, recuerdo y callo.
Ahora el sol nos guiña un ojo, los verdes se aclaran y brillan los azules a lo lejos, son las cumbres altas. Gregorio me habla de las luchas campesinas, de la marcha de más de cincuenta mil indios que ahorita nomás están en Samaipata, camino de La Paz, en pelea por sus tierras. Él es dirigente de la comunidad y cuidador del parque contra los que vienen al chaqueo y la caza y contra los del gobierno que le venden las tierras a las madereras norteamericanas. Dicen que allá en el norte cuidan los árboles, dice, pero aquí talan y talan. Me explica la necesidad de la organización para lograr asistencia jurídica, técnica y de créditos. Me cuenta orgulloso que ha estado en muchas reuniones estudiando mucho y mucho aprendiendo para seguir organizando. Me enseña las terrazas de media luna como alternativa para el cultivo en la sierras sin erosionar ni desmoronar la tierra. Habla de la yuca, de la caña para hacer canchaca, jalea y rica miel, del arroz y del maíz como quien habla de amigos. Pienso en las enseñanzas de Simón Rodríguez, el maestro de Bolivar y lo siento vivo. Gregorio habla bajito ahora, cuando me cuenta de la UDS, la Unión Por la Solidaridad, su partido. Luego dice como en un susurro o ruego: algún día este mundo cambiará, yo pienso, no sé, pero cambiará…
De pronto me habla de El Che. Por aquí anduvo San Ernesto como le dicen en La Higuerita. Cuando yo tenía diez años, una noche, nos fuimos con mi hermana la mayor y mi hermanito y anduvimos harto por la sierra hasta un día de camino hasta que nos pescó la noche. Acampamos y atamos los caballos, hubiéramos ido a buscarlo pero mi hermana se asustó y no quiso. A la mañana siguiente, tempranito, descubrimos las huellas de la columna de El Che, habían pasado cerca, cerquita, sin hacer ruidito. Mejor así, me dice, nos hubieran quitado los caballos, mejor así.

Ya son más de las cinco y debo seguir solo. El sol baja de un golpe y la noche cae temprano. Me queda, con suerte, una hora de luz, deberé correr y saber encontrar el camino pero Gregorio insiste en que lo acompañe un tramo más y me muestra la Puerta de los Incas, un enorme arco el la ladera de un monte como esculpido por artistas en la roca. Allí, señala y dice, cuenta la leyenda que los últimos Incas que huían de los españoles, llegaron cansados de escapar, miraron por última vez toda la sierra y el altiplano, dieron tres gritos fuertes y luego, en silencio, desaparecieron. Entraron en el monte que se abrió con ellos y desaparecieron. La tierra los abrazó para siempre, para siempre. El mira lejos, muy lejos y calla, nos abrazamos y me vuelvo.
Vuelvo corriendo por los senderitos del monte atravesando cerros. Subo y bajo, corro, paro y vuelo. El monte palidece, no encuentro el sendero y me pierdo. Oscurece, decido seguir por el surco del cañón del río que serpea y serpea, se abre y se cierra y a lo lejos se pierde. Encuentro a un campesino con su hijita que se asustan y me asustan, saludan, saludo, me indican un sendero, agradezco, me despido y me alejo. Ya es noche cerrada y aún me falta un tramo para llegar a Bermejo. Cae ahora una llovizna finísima que resbala por las hojas de los árboles, acaricia mi cuerpo y apenas besa la tierra. En el silencio de la noche pienso en un poema del viejo Juanele Ortiz que me dice...
“…De pronto sentí el río en mí
corría en mi con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados,
corría el río en mi con sus ramajes,
era yo un río en el anochecer
y suspiraban en mi los árboles
y el sendero y las hierbas se apagaban en mi.”
Xabier.
Sierras de Volcanes – Bermejo
Santa Cruz de la Sierras – Bolivia.
servido por Javier
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