LOS COMUNISTAS, LOS FRENTES POPULARES Y LA DEMOCRACIA
Por Javier Zeballos
La Lupa de Brecha dedicada a los 90 años del PCU se abre con un artículo del socialista Fernando López D´Alesandro titulado “El triunfo de la política”. En el mismo, expone sobre el tránsito del Partido Comunista, desde el sectarismo -producto de su “bolchevización”- hasta desembocar en el “frentepopulismo”, según caracterizaciones del autor, para sintetizar esa etapa que va desde 1921 hasta mediados de los años 30, aunque se extiende hasta el fin de la Segunda Guerra y el ahora mítico congreso de 1955. Un derrotero que de alguna manera pretende definir el pasaje de un internacionalismo y clasismo estrecho, muy pegado a las tesis más duras de la Tercera Internacional, a la necesidad de integrar lo que a veces se denominaba “la cuestión nacional”.
No pienso negar los sectarismos que el propio PCU en años posteriores reconoce al estudiar su propia historia y las caracterizaciones de esa etapa. También valoro algunos reconocimientos del autor del artículo en torno a lo que afirma como “la fase frentepopulista, cuando se generaron acuerdos, alianzas y cercanías, con otros partidos y dirigentes. Junto con el giro estratégico hacia la unidad de las fuerzas progresistas” elementos que, por cierto, hunden las raíces del FA mucho más hondo y profundo que la remisión a los sucesos de la década del 60, a los que se los suele acotar cometiendo a la vez un error historiográfico y político.
Sin embargo, D´Alesandro realiza a mi juicio una interpretación sesgada del origen de la Política de Frentes Populares, aquella mano tendida que procuró una nueva unidad de acción de los sectores de la izquierda de cara a los desafíos de los años treinta. Lo hace, al atribuir la política de Frentes Populares a la experiencia vivida en Francia. Obviamente que no se deben rebajar los sucesos que desembocaron en el Gobierno del socialista León Blum, pero de ahí a erigirlos como el génesis de los Frentes Populares no solo contradice la historia sino que la tergiversa, negando otros hechos que tienen mayor importancia por el papel que jugaron en tales definiciones.
D´Alesandro describe una suerte de combustión espontánea de confraternización entre militantes socialistas y comunistas al fin de la huelga de 1934. Dice: “Las militancias de ambos partidos, desobedeciendo a las dirigencias, aunaron esfuerzos y fundaron un proceso unitario. Comenzó un veloz y exitoso camino que culminó con la creación del Frente Popular que llevó a León Blum a la presidencia francesa dos años más tarde. El ejemplo fue imitado y así aparecieron frentes populares en España primero y en varios países al poco tiempo. La unidad espontánea que nació en París interpeló a la izquierda mundial”.
Lo curioso, aparte de tanto espontaneismo, es que si nos regimos cronológicamente, triunfa en las elecciones y llega primero al gobierno el Frente Popular en España que en Francia. Fue en enero de 1936 cuando firmaron el pacto electoral para las elecciones de febrero: Izquierda Republicana, PSOE, PCE, POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) y Esquerra Republicana de Catalunya. Este pacto agrupaba a todas las izquierdas. La CNT, con muchos presos en la cárcel, no pidió la abstención y apoyó a la coalición. Ni siquiera los anarquistas más aferrados al anarcosindicalismo se mantuvieron al margen, más allá de su practicada y defendida independencia. Una unidad que tampoco nada tuvo de idílica sino inmersa en durísimas confrontaciones internas.
En Francia las elecciones fueron entre abril (Primera vuelta) y mayo (Ballotage) de 1936 aunque formalmente la confluencia que nucleó a radicales, socialistas y comunistas, juntos a otros agrupamientos menores, fuera iniciad en el verano de 1935. En verdad, tanto en Francia como en España, se dieron procesos muy similares en la unidad de acción de las fuerzas populares. Incluso, por los mismos desafíos a que se vieron enfrentados y hasta por posibles aciertos y errores en común. Por ejemplo, el PCE le propuso al PSOE, no solo el acuerdo del Frente Popular, sino marchar hacia la unidad orgánica de los dos partidos. Pero los socialistas, divididos en fuertes tendencias, como la moderada de Indalecio Prieto y la más radical de Largo Caballero, no aceptaron. Hay que decir que en España se vivió una radicalización mayor con la huelga de octubre de 1934 en Asturias que derivó en hechos armados (el represor fue el Gral. Franco) a la par que se radicalizaron las posiciones nacionalistas, como en Barcelona con el gobierno de Companys también reprimido desde el poder central por el inestable gobierno radical-cedista de Larroux y Gil Robles (1934-1936) que había retrocedido sobre las reformas ganadas con la instauración de La República desde 1931 abriéndole paso a la reorganización de la derecha.
Pero una gran diferencia radica en que la huelga en España fue producto de reivindicaciones obreras y hasta con el intento de volverla insurreccional. De allí que se llegó a declarar La República Socialista de Oviedo, más allá que la descordinación y la represión feroz derrotaron esos intentos lo mismo que los de los anarquistas lanzados a la ocupación de fincas en aras de promover la Reforma Agraria. Sin embargo, en Francia, la huelga que termina con la confraternidad entre militantes socialistas y comunistas, a la que hace referencia D´Alesandro, no implico ninguna radicalización de las demandas obreras, las que suscitaban diferencias fuertes entre las diferentes corrientes ideológicas, ya sea por las reivindicaciones o por la metodología empleada. ¿Por qué aquella huelga de 1934 en Francia fue diferente?
Pues lo que D´Alesandro no aclara, es que no fue una huelga por cuestiones reivindicativas, y menos por la conquista de los medios de producción o del poder. Fue una huelga por la democracia ante las intentonas de la derecha más reaccionaria y las bandas fascistas. Eso fue los que los puso en lucha incluso para sostener a un gobierno que no era de ellos. Luego, antes, durante y después, siguieron expresando sus diferencias en las muchas huelgas que pautaron todo aquel período.
La otra gran diferencia, tal vez, pueda ser la reacción de la gran burguesía. Esta estuvo jugada al Golpe Franquista en España, mientras que en Francia apostó a la caída de Blum sustituyéndolo por el gobierno de Daladier para desmontar las conquistas populares y, si se quiere, ilusionarse con una restauración nazi-fascista que después terminó barriendo con todo. Por cierto, cabe recordar esta postura de clase de la burguesía tan desvalorizadora de la democracia “burguesa”, sobre la que poco se habla, mientras constantemente se mira con lupa las asumidas por los trabajadores y la izquierda.
Pero no es en los similares y paralelos sucesos a ambos lados de los Pirineos, si bien fueron dos experiencias emblemáticas, sobre todo la de la república española, donde se encuentran claves mayores para entender el viraje estratégico del comunismo hacia los frentes populares. Las miradas podrían focalizar la arremetida fascista de Mussolini en Italia o sobre las vicisitudes de la Alemania durante el ascenso de Hitler. Así lo creo, más allá de que la izquierda italiana y la germana fueran incapaces de reaccionar con la unidad. Sin embargo, para entender más hondamente tales hechos, sospecho que hay que hay que mover un poco la brújula.
LA PISTA BÚLGARA
D´Alesandro, tras afirmar semejante singularidad histórica francesa como gran tour de force de la política de frentes populares, escribe: “En consecuencia, la Internacional Comunista y la Unión Soviética asumieron la realidad y dieron, quizá, su giro político más importante antes de la perestroika: el frentepopulismo. Las tesis de Dimitrov abrieron una nueva etapa en la historia del movimiento comunista”. Así, nuestro compañero socialista realiza una lectura tan sesgada que parece retrotraernos a las disputas sobre quién es vanguardia, el huevo o la gallina o el sexo de los ángeles. Nombra a Dimitrov, pues sería imposible negarlo, pero lo sitúa tan tardíamente que lo coloca a la zaga con una posición seguidista de frentes populares creados por aquellas combustiones espontáneas y, de paso, del socialista León Blum.
Tal descripción, implica una sutil sintaxis que es gramática, pero también política, y soslaya varios hechos. Por ejemplo, que el VII Congreso de la Internacional Comunista en el que Dimitrov presenta su informe el 2 de agosto de 1935, es contemporáneo de los acuerdos que venía procesando la izquierda francesa. Alguien podría preguntar si esta es una discusión por semanas o días. Es algo más. La primera reunión para armar el Frente Popular en Paris fue en los días posteriores a las celebraciones del 14 de julio de ese año. Pero Dimitrov no presenta su informe producto de una visión repentina al uso de las iluminaciones religiosas o de la espontaneidad que tanto atrae a D´Alesandro. Ya había sido designado Presidente de la Internacional Comunista un año antes, en 1934, y venía coordinando con varios partidos sobre sus tesis en las que impone el viraje histórico con una definición del fascismo que desnuda su carácter de clase. Dice Dimitrov:
“Tratan de resolver el problema de los mercados mediante la esclavización de los pueblos débiles, mediante el aumento de la presión colonial y un nuevo reparto del mundo por la vía de la guerra. Para esto, necesitan el fascismo”.
“El fascismo en el poder es la dictadura terrorista abierta de los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital financiero”.
“Es la organización del ajuste de cuentas terrorista con la clase obrera y el sector revolucionario de los campesinos y de los intelectuales. El fascismo, en política exterior, es el chovinismo en su forma más brutal que cultiva un odio bestial contra los demás pueblos”.
“La subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía -la democracia burguesa- por otra, por la dictadura terrorista abierta. Pasar por alto esta diferencia sería un error grave”.
¿Cómo llegó un desconocido militante comunista búlgaro a presidir el Movimiento Comunista Internacional? ¿Cómo logró dar un golpe de timón tan importante? D´Alesandro lo define como “…la primera vez que la estrategia bolchevique se ponía en entredicho desde el seno mismo del movimiento comunista” aludiendo a las estrategias basadas en la acción vanguardista del partido de nuevo tipo asaltando el poder, que habían dominado la escena teórica y práctica de los años posteriores a la Revolución de Octubre, aunque el propio Dimitrov la sitúa como una fiel expresión del marxismo-leninismo.
Para entender la importancia que adquiere Dimitrov hay que recurrir al incendio del Reichstag (sede del Parlamento Alemán) ocurrido el 27 de febrero de 1933, una suerte de autogolpe dado por los nazis para generar mejores condiciones para la represión contra los comunistas y sindicalistas, por cierto, cinco años antes de la famosa “Noche de los Cristales Rotos” que reprimió a los judíos. ¿Y a quién culparon los nazis del incendio? Las crónicas relatan que la policía encontró a un tal Marius van der Lubbe, medio desnudo tras el edificio. Era un ex comunista holandés y albañil desempleado. Hitler y Göering llegaron al lugar y al verlo, Göering declaró inmediatamente que el fuego fue iniciado por los comunistas y mandó arrestar a los líderes del partido en la ciudad de Berlín. Hitler declaró el Estado de Emergencia y animó al anciano presidente von Hindendurg a firmar el decreto aboliendo la mayoría de las disposiciones de Derechos Fundamentales de la Constitución de 1919 de la República de Weimar.
Pero como la pista van der Lubbe era insostenible y los líderes nazis resolvieron encontrar rápidamente una conexión más fuerte con los comunistas. Así apresaron a inicios de marzo a tres ciudadanos búlgaros que vivían clandestinamente. Eran Vasil Tanev, Blagoi Popov y un tal Gueorgui Dimitrov. Pensaban que se trataba de simples trabajadores y militantes comunistas, extranjeros y de los Balcanes, aquélla región de la que Bismark había dicho no no valían “ni siquiera la vida de un soldado de la Pommerania”. Pero a poco de apresado Dimitrov se manifiesta como un enemigo de fuste. La parodia del juicio contra el y sus compañeros se transformó en lo que se conoce como El Juicio de Leipzig, que duró más de un año y colocó a Dimitrov en el centro de la escena. Durante el proceso, estudió alemán y Derecho en la cárcel y exigió asumir su propia defensa sin ser abogado. El juicio se transformó en una denuncia pública, no sobre su culpabilidad sino sobre la caracterización del régimen nazi-fascista que tan certeramente expuso. Se organizó una campaña internacional por la libertad de Dimitrov, quién finalmente logró derrotar a los jueces nazis consiguiendo su excarcelación. Fue la primera vez que Dimitrov exhibió su particular enfoque sobre el fascismo marcando a fuego su esencia. Ese prestigio fue el que lo llevó a ser elegido Presidente de la Komintern y cambiar la posición del Movimiento Comunista, si bien no para impedir la guerra, sí para sentar las bases teóricas de la nueva política de alianzas que derrotó al nazi-fascismo.
¿Cómo elaboró Dimitrov su inédita tesis sobre el fascismo y la necesidad de cambiar la táctica y la estrategia comunista? Dimitrov era un militante comunista desde su juventud que había vivido precisamente en carne propia uno de los primeros golpes fascistas del mundo, el ocurrido en Bulgaria en 1923, en medio de una conflictiva situación en todos los Balcanes. Frente al ajuste de cuentas de los sectores más reaccionarios de la burguesía búlgara para con los trabajadores y los campesinos, el golpe borró las conquistas acumuladas por el gobierno democrático de Alexander Sambolinsky (de la UAPB) la liga de base agraria y popular sobre el que los comunistas no supieron comprender las reales posibilidades de alianza. Meses después, en setiembre, el Partido Comunista Búlgaro organizó por si solo un levantamiento popular que fue brutamente aplastado por la dictadura, la que desató una ola de ajusticiamientos. Dimitrov salvó apenas su vida y salió rumbo al exilio. De aquellas luchas, también de aquellos errores y sectarismos, Dimitrov fue elaborando una concepción diferente abonada en el conocimiento que fue asimilando en su trabajo clandestino por varios países europeos. Así, tras tales peripecias personales y colectivas, aquel ignoto militante desconocido internacionalmente y azarosamente capturado por los nazis, ayudó a concebir la política de los frentes populares sobre la base de una decidida acción de la clase obrera unificada en torno a sus intereses sindicales, unida en un frente político sobre una política de alianzas más amplia y profunda, a la vez que mantenía su organización partidaria.
No se puede soslayar el papel histórico jugado por aquel movimiento comunista con todas sus contradicciones y desfasajes. Pues lo que suele criticarse, por cierto, era precisamente su capacidad de acción conjunta, más de una vez estigmatizada por la acusación de que lo que se resolvía en Moscú inmediatamente era acatado por los partidos comunistas de todo el mundo. Sin embargo, a la hora de reconocerle uno de sus grandes aciertos, se lo pretende reducir.
Además, no hay que olvidar que las tesis expuestas por Dimitrov estaban en franca polémica, por ejemplo, con Trosky, que precisamente analizó el carácter del Frente Popular en Francia en aquellos mismos días poniendo el acento en desenmascarar, según él, su verdadero rol: “El Frente Popular es una coalición del proletariado con la burguesía imperialista, representada por el Partido Radical y otras podredumbres de la misma especie y menor envergadura, en función de salvar a la burguesía. El objetivo del Frente Popular es frenar el movimiento de masas orientándolo hacia la colaboración de clases… hoy que las masas están impacientes y listas a explotar, se ha hecho necesario un freno más sólido, con la participación de los ‘comunistas’… es una válvula de seguridad del régimen contra el movimiento de masas”. Así caracterizaba Trosky al movimiento popular francés.
Pero, a la vez, Dimitrov también polemizó con posturas defendidas por varios dirigentes socialistas que subestimaban al fascismo y renegaban de la unidad. Afirmaba el búlgaro en su informe: “El fascismo no es una forma de Poder Estatal, que esté, como se pretende, "por encima de ambas clases, del proletariado y de la burguesía", como ha afirmado, por ejemplo, Otto Bauer. No es "la pequeña burguesía sublevada que se ha apoderado del aparato del Estado", como declara el socialista inglés Brailsford. No, el fascismo no es un poder situado por encima de las clases, ni el poder de la pequeña burguesía o del lumpenproletariado. El fascismo es el poder del propio capital financiero. Así de duro y difícil fue aquel viraje, como difíciles fueron sus experiencias prácticas tan duramente reprimidas por el fascismo y la guerra. También hay que decir que hubo resistencia de muchas dirigencias en los partidos comunistas.
Tal vez todo esto parezca repetir viejas y eternas polémicas. Sin embargo, es bueno debatir y tratar de aprender de nuestra rica historia, a condición de escapar de las citas de manual. En nuestro país vaya si costó impulsar la unificación de las fuerzas populares. En esa tarea sospecho que todos, socialistas, comunistas, anarquistas, democrata-cristianos, y tantos otros independientes, aprendieron los unos de los otros y, lo mejor, se modificaron mutuamente. Una de las cualidades de las políticas de mano tendida, unidad de acción y frentes populares, incluida la espontaneidad que nunca falta, es que a la larga, los errores de cada uno son subsanados por los aciertos de los demás.
Los comunistas uruguayos asimilaron, no de un día para el otro, las tesis dimitrovianas sobre el fascismo. Sobre todo a partir del XVI Congreso de 1955 y, en verdad, durante ese rico tránsito de la forja de la unidad a la par de los convulsivos cambios en latinoamérica. De ahí ciertas definiciones teóricas y actitudes prácticas referidas a las vías de la revolución o a las valoraciones sobre la democracia y la estabilidad de las instituciones, como bien relatan los entrevistados en La Lupa. Sin embargo, probablemente ello se matrizó en la lucha contra la dictadura.
En 1983, al afiliarme al PCU firmando una servilleta en un altillo, recibí una hoja mimeografiada con un texto que tuve que copiar en un papel porque era la única y debía seguir su periplo de reuniones clandestinas. Su título era “Qué es el fascismo”. Era una síntesis de aquellas tesis expuestas por Dimitrov casi cincuenta años antes. Yo no sabía nada respecto de aquel nombre eslavo ni de las circunstancias en las que había elaborado sus ideas pero comprendí inmediatamente la caracterización del régimen y las tareas urgentes para derrotarlo.
Tres años después, a poco de la salida de la dictadura, el Partido me envió a estudiar a Bulgaria y recién cuando llegué supe que estaba en la patria del autor de aquellas palabras que me habían marcado tanto (aún conservo el papelito). Viví en el llamado socialismo real, justo antes de que empezaran a tambalearse las primeras estatuas. Demás está decir que volví con no pocas dudas sobre las vicisitudes históricas del marxismo y el futuro de aquellas experiencias. Sin embargo, tal vez por acercarme particularmente a la tierra de Dimitrov, reafirmé que los comunistas uruguayos podrían equivocarse como cualquiera en sus sueños revolucionarios, pero habían dado y darían tantas veces como fuera necesario, su vida por la democracia.